Normalmente se piensa que la Doctrina social de la Iglesia “tiene su origen” en la Rerum novarum de León XIII. Sin embargo, en su libro se remonta mucho más atrás. ¿Por qué?

Porque la verdad es ab aeterno, desde la eternidad, como el Verbo. La Doctrina social de la Iglesia expresa la verdad revelada sobre el hombre como colegio de tres o más personas e, indirectamente, la verdad sobre Dios. Colegio, porque la gente se reúne – del latín cum legere. Tres, porque el mínimo para un colegio son tres personas, tanto en referencia a la Santísima Trinidad como a la familia. El colegio, la sociedad, también puede ser de dos personas, en el caso de la familia estéril, pero siempre hay que considerar la presencia del Espíritu Santo, que es el amor entre los esposos, es decir, de una tercera Persona divina.

Sin embargo, también es importante señalar el nacimiento de la Doctrina social como disciplina teológica y magisterial en el siglo XIX, gracias a León XIII. La verdad de la Revelación necesita ser definida –de fide definita, de hecho- a través de los pronunciamientos de los concilios o de los papas para contrarrestar errores o equívocos.

Usted es un estudioso de Patrística y Monacato. ¿Qué importancia han tenido estos dos macrofenómenos religiosos para la Doctrina social de la Iglesia?

La teología y el magisterio de los santos Padres de la Iglesia pre-medieval se fundan en el Dios personal, que se revela como Uno y Trino. Como Dios Único, el Creador moldea de de la tierra personas individuales, individuos, que serán juzgados individualmente. Así, el Mesías es uno, Cristo, aunque nunca está separado de las otras dos Personas. En este sentido, la historia de la salvación es toda en singular. Y, sin embargo, el Creador es Trino y moldea al hombre varón y mujer, es decir, moldea a la familia, que es la primera sociedad, y la fundamental. La Doctrina social, por tanto, incluso antes de expresarse en la criatura, ha estado siempre en el seno del Dios tripersonal. Así pues, es más exacto decir que la historia de la salvación está a favor del individuo que, sin embargo, se salva con la ayuda necesaria de su prójimo. En los Padres, la tensión universal-particular, multitud-individual es una constante, precisamente por la realidad de Dios y de las cosas.

El monacato medieval -y el benedictino en particular- es quizás la expresión histórica más conseguida de una Doctrina social aplicada a la vida cotidiana. Observando el fenómeno benedictino es muy fácil hacerse una idea real de lo que es la Doctrina social. San Benito logró la síntesis de lo universal y lo individual: este es el secreto de su éxito, es decir, comprendió y transmitió la verdad sobre Dios y la creación. El santo de Nursia no tuvo ningún problema en huir del mundo y de los hombres conviviendo con los hombres y los frutos de la creación. Sabía que el aspecto social y cenobítico no suponía una ruptura con el aspecto individual eremítico, ni se escandalizó nunca por la unión de la enseñanza social e individual. En él coexistían el eremitorio y el cenobio, porque Dios es vida eremítica y cenobio.

En el libro se dedica un espacio considerable a Giuseppe Toniolo. Hoy en día, este autor está olvidado o se ha transformado en un progresista, mientras que era un partidario de la intervención en la sociedad según el espíritu de León XIII y Pío X. ¿Qué puede decirnos de él?

Aprecio especialmente al escritor Toniolo por su estilo claro y sistemático. Toniolo escribe de forma comprensible sobre temas en los que siempre es original. Su breve historia de las doctrinas socialistas, que he esbozado en mi libro, con sus temas universales es más bien una historia del mundo. Toniolo me parecía una mina inexplorada de tesoros. El trabajo, la economía, la política: estos son los temas principales de su estudio. Se habla a menudo de trabajo, economía y política, pero poco de las brillantes intuiciones de Toniolo. La suya es una ciencia social más que una sociología. No hay que olvidar que Toniolo es beato. Su figura como santo social es importante como laico y hombre de familia.

El título de un capítulo de su libro es inusual: “La muerte y la Doctrina social de la Iglesia”. Este es un tema que nunca se trata. ¿Cuál es su importancia?

No hay que olvidar nunca que la doctrina o enseñanza social está incluida en toda la enseñanza de Jesucristo, que va desde la vida hasta la muerte y no tiene partes, sino aspectos. La verdad, inmóvil en sí misma, está orientada sin embargo en el seno de la Santísima Trinidad. Hay un exitus, que va del Padre al Espíritu Santo y un reditus, para el retorno. Casi un aliento divino. Exitus y reditus pasan por el medium -el Hijo- para que la verdad tenga una fuente, un pronunciamiento y un cumplimiento. Así también la Doctrina social procede de la verdad eterna, pronunciada por Aquel que se revela como el Alfa y la Omega. Más que la muerte, la Doctrina social tiene en sí misma no solo la fuente y el logos, sino también el cumplimiento, la consumación, el fin. Las sociedades -ya sean familias, cuerpos sociales, naciones o Estados- tienen una causa eficiente, pero también una causa final, que es llegar a la perfección, es decir, rendir gloria a Dios y alcanzar la bienaventuranza en los individuos.

La muerte es importante no solo como categoría moral y social (“no matarás”), sino también como realidad escatológica, como retorno al origen, como abandono de la ciudad terrenal y como entrada en la ciudad de Dios. La muerte puede ser simple y carnalmente thanatos, o puede adquirir un pathos de otro mundo que, aun siendo tremendo y terrible, enciende la vida y la esperanza en la Jerusalén celestial.

Usted también le presta atención a Maritain. ¿El personalismo cristiano ayudó a la Doctrina social de la Iglesia o le creó problemas?

Mis consideraciones sobre Maritain y el personalismo deben leerse en el contexto de una serie de trabajos realizados por el Observatorio Van Thuân, del que soy miembro. La cuestión, tal como la vemos nosotros, es muy sencilla. La antropología, la ciencia del hombre, el estudio de la persona, son disciplinas maravillosas si se observan desde el punto de vista de Dios, con Dios en el centro. La antropología y el personalismo del siglo XX son espurios a consecuencia del “viraje antropológico”, que sitúa al hombre en el centro y a Dios, si no en la periferia, en un lugar indeterminado. Todo el problema está aquí: una antropología o un personalismo ajenos a la metafísica y a la filosofía cristiana conducen a la ambigüedad o a una concepción errónea del hombre y de la persona. Erróneo con respecto al Magisterio.

Mi crítica se dirige, en especial, al primer Maritain, autor de Humanismo integral. En esta obra, Maritain escribe con la intención de referirse a la doctrina de santo Tomás de Aquino, pero en realidad prescinde de su antropología y ciencia social, iniciando el conocido fenómeno de la fractura entre las esferas sagrada y profana de los católicos en la política. En Humanismo Integral hay también una crítica a la Edad Media cristiana, considerada ingenua por Maritain y demasiado teocéntrica, demasiado sagrada. A partir de este tipo de teología antropocéntrica, que Maritain compartía con otros autores del siglo XX, se consolidó un concepto de persona débil, dividida y en desacuerdo consigo misma, desdoblada en la acción e incierta en el pensamiento.

¿Cómo valora el uso de la Doctrina social de la Iglesia en la Iglesia de hoy?

La Doctrina social actual, por un gran número de razones, ha acabado asumiendo las sugestiones del viraje antropológico y del personalismo en sentido débil. Juan Pablo II, con su personalismo ontológico, intentó invertir la tendencia, reafirmando al hombre del Génesis, a imagen y semejanza de Dios. El personalismo del papa Wojtyła, aunque influido por los pensadores franceses y alemanes del siglo XX, tiene una teoría propia y original del acto humano, que revela a la persona. La importancia esencial del acto, entre otras cosas, aparece claramente en su encíclica Veritatis splendor. La persona realiza el acto con el cuerpo: mediante esta teología del cuerpo, Wojtyła somete a la criatura al Creador del cuerpo, por tanto a Dios.

Esta vuelta a Dios de Juan Pablo II (sostenida también por Benedicto XVI), o al menos este intento de volver al teocentrismo, no ha tenido mucho éxito en el enfrentamiento con el personalismo espurio, que nunca ha desaparecido. La Doctrina social contemporánea está mortificada porque ha vuelto a ser antropocéntrica, por lo que los actos y pensamientos del hombre se relativizan a la historia en lugar de absolutizarse en Dios. De esta manera, más que mortificar a la Doctrina social, la estamos abandonando.

 

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