Conferencia al Curso on-line  GLOBALISMO, SOBERANÍA E IDENTIDAD NACIONAL. UNA REFLEXIÓN DESDE EL ÁMBITO POLÍTICO, SOCIAL Y ECONÓMICO, Facultad de Derecho de la Universidad Pontificia Argentina, director prof. Daniel Passaniti (19 maggio 2022).

 

Globalismo e globalizzazione:

il mondo dopo la pandemia

Agradezco la invitación del profesor Daniel Passaniti para participar e incluso abrir este seminario internacional sobre un tema importante y de gran actualidad. Gracias también a las instituciones académicas y de investigación que han organizado este evento. En mi vida me he ocupado del problema del que vamos a hablar hoy desde dos puntos de vista. El primero ha sido el estudio del tema al que he dedicado publicaciones y discursos en los últimos años. El segundo, mi trabajo durante muchos años en el Consejo Pontificio Justitia et Pax, ahora fusionado en el Dicasterio para el desarrollo humano integral. Trabajando codo con codo con los cardenales Etchegaray, Van Thuân y Martino, durante los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI, tuve que ocuparme de lo que ahora se llaman cuestiones “globales”. El propio Consejo Pontificio, después de todo, fue concebido por Pablo VI, en el momento de su creación, como expresión del amor de la Iglesia por el género humano, visto en su unidad antropológica y especialmente teológica. Sin embargo, tanto mi estudio como mi trabajo como secretario del Consejo Pontificio me han permitido experimentar de primera mano las distorsiones a las que estaba y está sometido el proceso de globalización, que a menudo se orienta hacia un globalismo artificial que responde a intereses creados y no al verdadero bien del género humano. Y después de haber atesorado estas reflexiones y experiencias adquiridas con el tiempo, voy a ofrecerles hoy algunas de mis consideraciones.

En esta charla propongo llevar a cabo mi intervención en dos etapas. En primer lugar, intentaré centrarme en la concepción correcta de globalización y mundialismo, teniendo en cuenta las principales indicaciones en este campo de la Doctrina social de la Iglesia. Me refiero no solo a los pasajes en los que las encíclicas sociales abordan directamente el tema, sino también y sobre todo a los principios de reflexión y criterios de juicio del magisterio social de la Iglesia. Creo que una serie de aclaraciones iniciales son fundamentales para construir un marco de referencia adecuado para este seminario. En un segundo paso me adentraré más específicamente en el título que se me ha asignado, con algunas reflexiones sobre la pandemia que ha afectado al planeta en los dos últimos años. Se tratará de saber si ha favorecido o no una correcta globalización conforme a los principios que habremos destacado en la primera fase. Por último, terminaré con unas breves sugerencias sobre el reinicio tras la crisis.

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La primera distinción útil y, en cierto modo, indispensable, es la que existe entre globalidad, globalización y mundialismo. La globalidad es la realidad de la unidad del género humano unido por un único destino y caracterizado por las relaciones humanas fundamentales para su vida. No se trata solo una unidad existencial, constatable a través del análisis de los fenómenos interconectados. Este sería solo una unidad superficial y accidental, sobre la que Caritas in Veritate afirma que nos hace más cercanos pero no más unidos. La globalidad es un hecho antropológico, es una dimensión real y verdadera de la vida humana y, al menos potencialmente, siempre ha estado ahí. Por otro lado, la globalización es el proceso por el que los fenómenos de la vida están cada vez más interconectados como resultado del desarrollo científico y tecnológico, así como cultural. La comunicación, la economía y los movimientos están cada vez más integrados. El de la secularización es un proceso actual de facto y, por tanto, la palabra no expresa ninguna valoración axiológica. Como todos los procesos, requiere ser gobernado y dirigido, y es sobre este punto -su gobierno- sobre el que hay que hacer una valoración. El criterio principal para esta valoración es que el proceso de secularización debe estar orientado por la globalidad, es decir, por el bien de la humanidad en el que se basa su unidad. Luego tenemos el término mundialismo, que indica la degeneración de la globalización cuando se vuelve peligrosa para el bien de la humanidad, es decir, la globalidad. El globalismo es la ideología de la globalización, es un concepto artificial al servicio de los intereses partidistas. Por estas razones, el adjetivo “global” es hoy en día ambiguo y se utiliza según los intereses ideológicos en varias acepciones, lo que no ayuda a aclarar la cuestión de la globalización.

Quisiera ahora analizar la visión que la Doctrina social de la Iglesia tiene de lo que he llamado la unidad del género humano y que constituye la base de cualquier discurso sobre la globalización. La unidad del género humano tiene tres niveles y la visión cristiana no debe dejar de lado ninguno de ellos. El primer nivel podemos llamarlo ontológico. Los seres humanos tienen la misma naturaleza humana, están situados en el mismo nivel en el orden natural del ser, expresan una “fraternidad en el ser”. De ello se deriva la gramática natural que les permite entenderse y la ley moral natural y universal. Luego hay un nivel moral o práctico que podemos llamar “fraternidad en la bondad”. En el mal, es imposible confraternizar y estar unidos. Lo que une a las personas en la práctica es siempre solo el fin, es decir, el bien común. De ahí el correcto concepto de “ciudadanía universal”, del que hoy se abusa con frecuencia. Esta ciudadanía tiene una base ontológica y moral fundada en lo que hemos llamado la “fraternidad del bien”. Por último, está el aspecto religioso y salvífico de la unidad del género humano, fundada en la incorporación a Cristo, única Cabeza de su Cuerpo Místico, y basada en la participación en su Gracia. Es bueno recordar que estos tres niveles no deben entenderse como tres pasos sucesivos, que se suman uno a otro, sino como un orden en el que ciertamente prevalece el último de ellos, pero en una especie de circularidad complementaria como ocurre en la relación entre la fe y la razón. Los tres niveles deben perseguirse por derecho propio en la medida en que están dotados de su propia autonomía legítima, pero nunca deben separarse porque entonces se perderían. El nivel que podemos llamar “superior” es fundamental para que el nivel “inferior” pueda ser él mismo. Subrayo este aspecto porque ciertamente existe una hermandad ontológica, autónoma en su propio nivel, pero sin la hermandad en la bondad (moral) y en Cristo (religiosa) se pierde de vista incluso la ontológica. Existe sin duda una “amistad cívica”, conocida también por Aristóteles, es decir, por la filosofía, pero sin la amistad en Cristo, sin la presencia de Dios, no se da plenamente ninguna hermandad cívica. Así lo afirma la Doctrina social de la Iglesia, que distingue para unir y une para distinguir.

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En la filosofía política contemporánea y en las principales corrientes de las ciencias sociales actuales se habla también con insistencia de una unidad global. Hoy en día existe una fuerte tendencia al universalismo y al mundialismo con el objetivo de integrar a todo el mundo en una comunidad universal con una sola moral y una sola religión civil. Sin embargo, se trata de una visión artificial, dado el paso decisivo de la mentalidad moderna hacia la sociedad como un artificio, como una construcción humana que sigue un pacto, como una convención. Los tres niveles que he mencionado anteriormente -ontológico, moral, religioso- son rechazados por una visión pactada y consensuada de la sociedad, incluida la sociedad universal. La historia nos ha dado muchos ejemplos de esa visión: Thomas Campanella, Hobbes, Rousseau, la Ilustración, Kant, las utopías socialistas y anarquistas, Saint-Simon, Comte, el comunismo en sus diversas acepciones, los objetivos universalistas masónicos, etc. Las versiones de este tipo no pueden evitar convertir la globalidad en mundialismo, por volver a los dos conceptos destacados anteriormente, ya que se basan en un pacto artificial que carece deliberadamente de supuestos. De ello se desprende que tales visiones de la unidad de la humanidad y de la globalización tiene un carácter utópico (no se basan en lo que es sino en lo que será), violento (porque no son naturales), revolucionario (centrado en lo que se quiere que sea), despótico y ateo, es decir, tendentes a una nueva religión civil global vagamente humanista. Todos los mismos fenómenos que también podemos ver hoy En esta visión artificial de la globalización, la dimensión universal estará constituida por una yuxtaposición de individuos conectados exteriormente en una masa global, que dan su consentimiento a un conjunto de principios artificiales impuestos por la prevalencia de una cultura y una religión artificiales. Esta visión, muy adelantada en su realización hoy en día, no respeta el orden natural y finalista de la sociedad, ni los principios de la Doctrina social de la Iglesia, incluido el de la subsidiaridad. En esta visión, las familias, los pueblos y las naciones tienden a centrifugarse en una amalgama universal con los caracteres establecidos por los poderosos del momento.

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Permítanme ahora hacer algunas consideraciones sobre la pandemia y la pospandemia relacionada con los problemas de la globalización. La epidemia asociada a la propagación del “COVID-19” tuvo un fuerte impacto en muchos aspectos de la convivencia humana. El contagio fue, ante todo, un acontecimiento relacionado con la salud, y solo esto lo vincula directamente con el objetivo del bien común, del que la salud es ciertamente una parte. Al mismo tiempo, plantea el problema de la relación entre el hombre y la naturaleza e invita a superar el naturalismo que hoy está muy extendido y que olvida que, sin el gobierno del hombre, la naturaleza también produce desastres y que no existe una naturaleza solo buena y originalmente incontaminada. También plantea el problema de la participación en el bien común y la solidaridad, invitando a examinar, a partir del principio de subsidiaridad, las diferentes aportaciones que los actores políticos y sociales pueden hacer a la solución de este grave problema y a la reconstrucción de la normalidad tras su paso. Quedó claro que estas contribuciones deben ser articuladas, convergentes y coordinadas. La financiación de la sanidad, un problema que el coronavirus dejó muy claro, es una cuestión moral central en la búsqueda del bien común. Es necesario reflexionar tanto sobre las finalidades del sistema sanitario como sobre su gestión y utilización de los recursos, dado que la comparación con el pasado reciente muestra una importante reducción de la financiación de los centros sanitarios. También están conectados con el problema sanitario los temas de la economía y la paz social, ya que la epidemia pone en peligro la funcionalidad de las cadenas productivas y económicas, y su bloqueo, si se prolonga, producirá quiebras, desempleo, pobreza, malestar y conflicto social. El mundo del trabajo se verá sometido a grandes cambios, se necesitarán nuevas formas de apoyo y solidaridad, y habrá que tomar decisiones drásticas. La cuestión económica llevará a la cuestión crediticia y monetaria. Esto, a su vez, vuelve a plantear la cuestión de la soberanía nacional, planteando la necesidad de revisar la globalización como una máquina sistémica globalista, que además puede ser muy vulnerable precisamente por su rígida y artificial interrelación interna por la que, cuando se toca un punto neurálgico, se produce un daño sistémico global difícil de recuperar. Privados de soberanía los niveles sociales inferiores, todos se verán abrumados. Por otro lado, el coronavirus también ha puesto de manifiesto la “cerrazón” de los Estados, incapaces de cooperar realmente aunque sean miembros de instituciones supranacionales a las que pertenecen.

El fenómeno de la pandemia de COVID-19 ha producido, sin duda, una mayor conciencia de la necesidad de trabajar juntos, especialmente ante estas crisis sistémicas. Sin embargo, también ha puesto de manifiesto algunos rasgos poco agradables o preocupantes del mundo de la gestión conjunta de estas crisis sistémicas.

La emergencia pandémica ha acelerado algunos fenómenos que parecen problemáticos. La primera es una nueva y evidente centralización del poder tanto a nivel nacional como internacional. Estamos asistiendo, especialmente en América Latina, pero no solo allí, a nuevas formas de estatismo y neosocialismo. A menudo se imita el llamado “modelo chino” como posible respuesta a la crisis pandémica. También a nivel global se produjo una tendencia a la centralización, comprensible por un lado porque el fenómeno a controlar era global, pero perjudicial por otro porque hubo como un gran ejercitación por el control centralizado de los movimientos dela gente, la suspensión de las garantías de libertad, la prevalencia del poder ejecutivo sobre el legislativo y el judicial, la apelación interesada a los “expertos” y la difusión de un discurso político establecido por el poder. Durante la pandemia se experimentaron unas formas de control y vigilancia social que podrían utilizarse en el futuro en otros ámbitos distintos del sanitario. También se implantó la regla de los “créditos sociales”: si no se realiza un determinado comportamiento, no se puede disfrutar de tal o cual prestación social.

Ciertamente, la pandemia ha aumentado la sensibilidad hacia los problemas comunes, pero también ha alimentado formas de individualismo, de enfrentamiento, de descalificación mutua, de denigración, de marginación social. Salimos de esto más conscientes de la necesidad de abrirnos a la colaboración, pero también más recelosos entre nosotros y también hacia las autoridades, ya sean políticas o sanitarias.

La pandemia fue calificada como una “emergencia” de gran magnitud, y en realidad lo fue. Sin embargo, no se puede negar que también ha servido para legitimar cambios globales que difícilmente habrían sido aceptados sin ella. Por lo tanto, es posible que haya sentado un precedente y que en el futuro se produzcan artificialmente nuevas emergencias precisamente para justificar cambios estructurales. Este es un peligro que debemos tener en cuenta. La emergencia ecológica, la emergencia demográfica, la emergencia energética, una nueva emergencia sanitaria… el día de mañana podría dar lugar a nuevos “reinicios”. Uno de estos cambios es el que me gustaría destacar aquí: la transición digital. La digitalización de la vida cotidiana -desde la burocracia hasta la economía y las finanzas- es sin duda un factor de progreso, pero también presenta el peligro de proporcionar la base tecnológica para un sistema de control generalizado y omnipresente. El tema del Big Data no es secundario. La necesidad de controlar los movimientos de las personas durante la pandemia -legítima dentro de ciertos límites- se desarrolló como una invitación a una transición digital que también afectará a otros campos y otros movimientos y que acabará afectando a toda la vida de las personas. Entre otras cosas con el consentimiento de los ciudadanos, ya que están asustados por la emergencia y, por lo tanto, conceden al poder político un alcance mayor del que le concederían en una situación normal.

Muchos fenómenos desencadenados por la pandemia se dirigen hacia una globalización entendida como mundialismo. Se habla de crear una sociedad de no poseedores, con la abolición de la propiedad privada sustituida por el reparto universal sin aclarar quién tendrá la propiedad de las cosas que se van a compartir. Se prevé una ideología medioambiental mundialista antinatalista y antifamiliar. Se querría crear una religión universal desprovista de dogma y consistente en unas “buenas prácticas” sociales, pero no se sabe quién debería establecerla.

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Permítanme ahora considerar brevemente algunos aspectos del reinicio de la crisis. De hecho, todos nos preguntamos por los puntos de partida para volver a empezar después de la pandemia. Me gustaría señalar aquí tres de ellos: reiniciar desde la conciencia, reiniciar desde la razón, reiniciar desde la fe.

Reiniciar desde la conciencia. La reanudación debe basarse, en primer lugar, en la conciencia. Siendo realistas, debemos preguntarnos si en la situación actual de la política sanitaria nos hemos molestado realmente en alimentar el juicio de la conciencia personal. Las decisiones se han dictado a menudo por imitación, por obligación indirecta, por precipitación, por la palabra de uno u otro experto, confiando en todo lo que se dice y escribe sobre el tema, dentro de un mar de informaciones confusas y contradictorias en el que a menudo ha naufragado la conciencia. Cuando la conciencia se adormece, cuando nos acostumbramos a resolver sin esfuerzo cuestiones que en cambio son complejas, cuando chocamos entre nosotros no con argumentos sino con decisiones tomadas “de oídas” o “por partidismo”, el daño está destinado a repercutir durante mucho tiempo.

En su célebre libro El poder, de 1951, Romano Guardini destacó el peligro de que el poder se separase de la responsabilidad: “La progresiva estratificación de los acontecimientos sociales, económicos y técnicos, así como las teorías materialistas que interpretan la historia como un proceso necesario, significan, desde nuestra perspectiva, el ensayo de suprimir el carácter de la responsabilidad, y de desligar el poder de la persona”. Guardini, en la misma obra, advierte contra un peligro que también vivimos hoy, el del poder “anónimo”: “E incluso puede ocurrir que, detrás del poder, no esté ya una voluntad a la que pueda apelarse, una persona que responda, sino una mera organización anónima”, y parece que la acción pasa por las personas como simples eslabones de una cadena.

Reiniciar desde la razón. Durante la pandemia, la razón científica no se ha utilizado como lo que es, es decir, con sus aciertos y limitaciones. En algunos casos se ha exaltado la ciencia, yendo más allá de la sabia humildad de muchos científicos conscientes de su naturaleza hipotética. En otros casos ha sido degradada y acusada de complicidad con el poder político, que además -hay que reconocerlo- la ha utilizado con la misma frecuencia para sus propios fines, escudándose en la expresión “la ciencia lo dice”. El nivel empírico de la recopilación de datos, el nivel científico destinado a informar sobre el contenido científico de las decisiones sobre la materia, el nivel ético de la valoración moral orientado al bien personal e interpersonal, el nivel político destinado a considerar el conjunto de la comunidad política para actuar por el bien común, sin reducirse a lógicas partidistas, ya sea de las industrias farmacéuticas o de los empresarios o los sindicatos, etc… son niveles distintos entre sí y al mismo tiempo están conectados.

Reiniciar desde la fe. La Iglesia nunca confunde la salud, en el sentido sanitario del término, con la salvación. La Iglesia no ayudará a la comunidad a afrontar el reto de la “salud” convirtiéndose en una agencia “sanitaria”, sino proponiendo la “salvación”, que desde las alturas de la vida de la gracia desciende también para fecundar la vida social.

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Y llego a la conclusión. La emergencia de la actual epidemia nos remite en profundidad a la Doctrina social de la Iglesia. Esta es un patrimonio de la fe y de la razón que en este momento puede ser de gran ayuda en la lucha contra la infección, lucha que debe atañer a todos los ámbitos de la vida social y política. Sobre todo, puede ayudar de cara al poscoronavirus. Necesitamos una visión general, que no deje fuera ninguna perspectiva realmente importante. La vida social requiere coherencia y síntesis, especialmente en las dificultades, porque es en las dificultades cuando los hombres que saben mirar en profundidad y hacia arriba pueden encontrar soluciones e incluso oportunidades para mejorar las cosas con respecto al pasado.

Su Excelencia Mons. Giampaolo Crepaldi

Obispo de Trieste – Italia

 

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