Entrevista al arzobispo Mons. Crepaldi publicada en el número de febrero de la revista mensual «Il Timone»

La Iglesia y el mundo, los católicos y la política. La situación es difícil de entender. Pero también son difíciles de prever las perspectivas futuras si no se tiene una visión de largo alcance. Visión que el arzobispo Giampaolo Crepaldi puede permitirse. Ha sido director de la Oficina Nacional de la CEI para los problemas sociales y el trabajo hasta 1994. Eran los tiempos de los obispos Santo Quadri, Riboldi, Charrier. Eran también los tiempos que vieron el final de un sistema político. Durante la dirección de Mons. Crepaldi, la Comisión Episcopal publicó el Directorio de Pastoral Social “Evangelizar lo social” y otros importantes documentos como “Democracia económica y bien común”, pero sobre todo se pusieron en marcha las Escuelas de Formación para el compromiso social y político y se proyectó retomar las Semanas Sociales con la intención de reconstruir un nuevo marco de presencia pública de los católicos. Al final de su mandato en la CEI, Mons. Crepaldi pasó al Vaticano, primero como Sub-secretario y después como Secretario del Pontificio Consejo para la Justicia y la Paz. Ha trabajado con el cardenal Etchegaray, el cardenal Van Thuân, el cardenal Martino, siguiendo las grandes líneas de los pontificados de Juan Pablo II y de Benedicto XVI. Entre otras cosas, ha coordinado también los trabajos para la redacción del “Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia” deseado por Juan Pablo I y publicado en 2004, como también de la encíclica “Caritas in veritate” de Benedicto XVI. En 2004 fundó el Observatorio de Doctrina Social de la Iglesia Cardenal Van Thuân, del que es presidente. Actualmente es obispo de Trieste y Presidente de la Comisión “Caritas in veritate” del Consejo de las Conferencias Episcopales de Europa.

A la luz de esta visión de largo alcance y de esta sabiduría acumulada a lo largo de muchos años, le hemos planteado al Arzobispo algunas preguntas sobre la urgente cuestión de los católicos y la política.

 

Excelencia, hay quien dice que ya no hay católicos en política. ¿También usted opina lo mismo? 

No opino lo mismo, pero es verdad que, si los hay, se ven poco y de manera confusa. La visibilidad católica en política puede ser de dos tipos: personal, cuando se sabe que tal político es católico, él mismo lo declara y mantiene relaciones evidentes con la Iglesia; comunitaria, cuando los católicos actúan unidos y elaboran, con su autonomía de laicos, estrategias políticas que parten de una visión católica de las cosas.

Antes de preguntarle qué pasa con estas dos formas de visibilidad hoy, me gustaría saber si piensa que esta presencia visible es importante o no. Al fin y al cabo se dice que el católico puede dar su aportación al bien común, que es una dimensión laica, también sin declararse católico.

 

Soy consciente de que existen doctrinas teológicas según las cuales el católico no debe hacer política como católico, es decir, de forma visible, porque transformaría su fe religiosa en una ideología, pero yo no opino lo mismo. Ni la fe ni la doctrina son ideologías. Si la fe cristiana tiene un papel público -y es indudable que lo tiene-, no entiendo por qué no se tiene que ver, entre las distintas formas de esta presencia, también el papel de los fieles laicos en la política.

Por lo tanto usted no está de acuerdo con la llamada “elección religiosa” que de vez en cuando vuelve…

Es verdad, de vez en cuando vuelve. El Papa Francisco sigue diciendo que debemos “mancharnos las manos”, pero periódicamente hay quien dice que debemos dedicarnos sólo a la formación porque a la política tiene que dedicarse sólo la conciencia sin la aportación de ningún bagaje político. Sin embargo, de este modo no hacemos ni siquiera la formación pues al no tener la posibilidad de presencia pública pasa a ser sólo académica, retórica y políticamente ecuménica. En muchas Escuelas Eclesiales de formación al compromiso social y político se propone una visión general de la política, reduciéndola a algunos principios éticos humanizados para no defraudar a ninguna de las partes de la escena pública. La “elección religiosa”, también en las versiones más recientes, es un modo de negar una relación estructurada entre la Iglesia y el mundo, como si la Iglesia no tuviera un “cuerpo” dentro de la historia y una “doctrina” para iluminar el mundo.

Volvamos a la distinción inicial entre visibilidad individual y visibilidad comunitaria.

Una vez establecido que los católicos comprometidos en política deben ser visibles porque si no no estarían testimoniando la fe, hay que reconocer que sin una visibilidad comunitaria también la individual tiende a reducirse a mera coherencia moral personal. De este modo tenemos políticos que aunque son coherentes con su moral personal, toman decisiones políticas que contrastan con la doctrina de la Iglesia y, no pocas veces, con la propia ley moral natural. El bien común se hace en común, es decir, estrechamente unidos sobre los principios fundamentales del compromiso político que la Iglesia ha enseñado siempre, sobre todo desde que empezó a elaborar una Doctrina social orgánica.

Muchos de sus hermanos obispos se definen contrarios a formas de lucha en la plaza que tienen connotaciones católicas. Las consideran “pruebas de fuerza” que no solamente son inútiles, sino que manifiestan también una actitud de confrontación, no de diálogo.

Creo que las formas y los lugares de la presencia católica pueden y deben ser múltiples. Puede haber el momento de la discusión, el de la confrontación, el de la manifestación en la plaza, el de formas colectivas de objeción de conciencia, de recogida de firmas para peticiones o propuestas de ley, etc. Entre estas formas se encuentra también la acción parlamentaria a través de los partidos y la movilización pacífica para influir sobre la acción parlamentaria de los partidos. No todo puede ser siempre diálogo. En mi opinión, tras esta radicalización del diálogo se esconde una visión de la relación de los católicos con la política según la cual es violento o por lo menos arrogante sostener personalmente una verdad y luchar por ella.

Muchos han acusado a la llamada “Era Ruini” de excesivo clericalismo. En estos casos se hace referencia en particular al Family Day, a la Nota pastoral sobre las uniones de hecho de 2007, a la invitación a desertar el referéndum sobre la ley 40. ¿Cuál es su opinión al respecto?

Hay que evitar el clericalismo, como nos ha recordado el Papa Francisco varias veces. Durante la presidencia del cardenal Ruini los obispos llevaron a cabo su papel de obispos, es decir, enseñaban, tal como ha sucedido con la Nota de 2007. El Family Day fue una iniciativa laica, aunque estaba en sintonía con las indicaciones pastorales de los obispos. Si se impide o se frena la movilización de los laicos católicos, también de manera organizativa, el resultado es, efectivamente, un nuevo clericalismo, porque en este caso las relaciones con el poder político las mantiene directamente la jerarquía eclesiástica. Sin laicos organizados en este ámbito esta tentación es cada vez más fuerte porque los problemas oprimen y exigen respuestas.

A propósito de los católicos presentes en el Parlamento, durante mucho tiempo se pensó que podían militar en todos los partidos para converger más tarde, unidos, respecto a leyes de gran importancia ética, como las que atañen a la familia y la vida. ¿Considera que este esquema es aún válido?

Creo que este esquema, si realmente ha existido como paradigma estratégico más que como adaptación no deseada a la realidad de los hechos, hoy ya no es factible. No porque no se desee esa convergencia, sino porque los hechos nos demuestran que no se lleva nunca a cabo. Las recientes tomas de posición sobre el proyecto de ley Cirinnà lo han demostrado ulteriormente. Esta ley parecía ser, según muchos parlamentarios presuntamente católicos, el límite que no se podía sobrepasar, pero que en cambio ha sido sobrepasado.

¿Se trata sólo de táctica política o también de falta de visión?

Los números en política son muy importantes. Hay pocos diputados claramente católicos en este Parlamento; y entre ellos muchos dicen serlo pero se reservan después una amplia discrecionalidad de decisión sin condicionarse demasiado por las indicaciones de la moral católica, de la Doctrina Social de la Iglesia o de los llamamientos del Magisterio. Un pequeña patrulla poco puede hacer. Pero creo que el problema no es únicamente cuantitativo. Hay una buena dosis de confusión del pensamiento. Ciertas cesiones a la ley Cirinnà sobre puntos profundamente en contraste con la dignidad de la persona humana han evidenciado una carencia de pensamiento y, sobre todo, la idea de que la fe católica no puede producir -pues corre el riesgo de convertire en ideología- una visión orgánica y coherente, una verdadera y propia cultura social y política produciendo, en cambio, sólo mociones moralizantes dirigidas hacia un testimonio de caridad no claramente determinado, pero no un sistema de pensamiento y una visión coherente de nuestros deberes hacia el bien común. Se piensa que Dios lo único que hace es dar consejos o proponer ideales.

Sin embargo, ante esta debilidad política se toman decisiones dramáticas, que contrastan con la misma: cuanto más importantes las decisiones, más débil es la respuesta. ¿Qué hay que hacer?

En nuestro país hay muchos sectores del mundo católico que aún no han aceptado una visión “desnuda” de la fe católica y que da vida a nuevos procesos de presencia pública coherentes con la fe, que deje así de ser reducida únicamente a un instrumento de diálogo o a una ocasión para plantearse y plantear preguntas. En 2014, el Observatorio Cardenal Van Thuân que presido se dirigió a este variado mundo con un llamamiento político a los italianos que llevaba el título “Un Paese smarrito e la speranza di un popolo” (“Un país confuso y la esperanza de un pueblo”), con la intención de ofrecer una perspectiva programática unitaria. La manifestación “Defendamos a nuestros hijos” del 20 de junio de 2015, organizada en poquísimo tiempo y sin medios, ha manifestado que este mundo existe. A este mundo se ha dirigido y se dirige la Escuela de Doctrina Social de la Iglesia organizada por nuestro Observatorio. En resumen, el terreno sobre el que trabajar para la recuperación existe.

Parece que esté usted diciendo que hay que volver a iniciar desde lejos…

Que hay que reflexionar más profundamente sobre la presencia política de los católicos es algo evidente para todos. En líneas generales será necesario superar un cierto “pastoralismo” más bien difundido hoy en día. Un “pastoralismo” que es también generoso desde el punto de vista de los sujetos que lo llevan a cabo, pero que tiene corto alcance porque está desestructurado culturalmente. Un “pastoralismo” que ya no afronta el problema de las leyes, de las instituciones, de las dinámicas sociales, del trabajo, de la escuela, etc., y al que a menudo le bastan frases-eslogan que en el momento en que son pronunciadas pueden dar calor a quien quiere sinceramente comprometerse, pero que no aguantan una presencia organizada, articulada y que tenga verdadera repercusión.

Hoy, ¿qué momento está viviendo la Doctrina Social de la Iglesia en nuestra Iglesia y en nuestro país?

El “pastoralismo” al que he hecho referencia y que necesitaría ser profundizado la pone en dificultad. Para el “pastoralismo”, todo lo que huela a doctrinal, cultural o teórico impide el encuentro pastoral con la persona necesitada. Como si la fe fuera sólo actuar y no también pensar. Sin embargo, yo me pregunto, ¿cómo discernir las necesidades verdaderas de las falsas sin una visión de las cosas que nace de la fe y de la razón? A menudo los católicos, en su ansia pastoral de ayudar a las personas necesitadas, a pesar de sus buenas intenciones actúan por causas equivocadas y hacen daño, crean nuevos malestares. Además, se apartan de los problemas de estructura y de buena organización de la vida pública para concentrarse sólo en formas de solidaridad a corto plazo. También se hace el bien comprometiéndose por leyes justas o políticas adecuadas pero, ¿cómo hacerlo sin la visión de conjunto que ofrece la Doctrina Social de la Iglesia?

Gracias, Excelencia, por estas reflexiones y, si usted lo permite, quisiéramos invitar a nuestros lectores a ponerse en contacto con el Observatorio que usted preside, para que puedan informarse de sus muchas actividades, de las publicaciones, del “Boletín de Doctrina Social de la Iglesia” y de la Escuela a distancia de Doctrina Social de la Iglesia: www.vanthuanobservatory.com

 

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