El pasado Jueves 14 de mayo, el papa León XIV visitó la Universidad de La Sapienza de Roma y dirigió un discurso a los estudiantes. El 17 de enero del 2008, también el papa Benedicto XVI tendría que haber visitado el ateneo romano pero le fue imposible. El texto del discurso que nunca llegó a pronunciar fue publicado en seguida. Recientemente, los periódicos han elaborado una crónica de esta última visita, subrayando los puntos principales del discurso del papa y comparando la refutación del 2005 con la actual acogida del 2026. Nos parece interesante extender esta comparación al contenido de los dos discursos para ver si algo ha cambiado no solo en el contexto sino también en el “texto”.

Hay que decir que, tal como estaba programado, Benedicto XVI tendría que haber inaugurado el año académico. En cambio, ya desde el principio se ha dejado en claro que el Papa León haría tan solo una visita pastoral. La diferencia es importante. El pastor acompaña, pero no se mete en los deberes específicos de la universidad, no interviene en el saber, no se pone al nivel de las diversas disciplinas. En otras palabras, no hace un discurso “científico” o epistémico, como sería más apropiado decir. De hecho, León ha hablado a los estudiando, ha presentado la universidad como un ámbito de crecimiento y madurez personal, ha descrito los premios y fatigas del estudio, ha puesto de manifiesto las dificultades de muchos jóvenes estudiantes de hoy, destacando algunas áreas de compromiso social al servicio de los demás.

En cambio, para inaugurar el año académico, Benedicto XVI no se quedó tan solo en este plano, sino que elaboró propiamente una “lección”, semejante a aquella que pronunció en Regensburg en el año 2005, aun cuando nunca fue profesor de la Sapienza como si lo fue en Baviera. No pudo hacer referencia a su experiencia personal propia, pero si que se sintió en el deber de hablar sobre el saber, su estructura, y el puesto que en ella ocupa la teología y la fe. Ya sea en Regensburg que en la Sapienza, Benedicto se dirigió a sus “colegas”, a una “comunidad académica”, desde su mismo terreno científico, tanto en contenido como en lenguaje.

Conviene subrayar estos aspectos ya que, en el caso de Benedicto, puso sobre la mesa el tema de las exigencias epistémicas relativas al saber como “ciencia” de la fe cristiana y de la teología, mientras que el discurso de León trató este tema rozándolo solamente. Benedicto estaba convencido de que sólo si la revelación cristiana hacía una apelación a la razón científica, se le abriría un lugar en la estructura de la universidad. En el caso contrario, ella hubiera quedado reducida al ámbito personal de algún que otro profesor, pero nunca se le hubiera reconocido su papel en el mundo del saber. En la universidad, su presencia hubiera sido tan solo accidental. Únicamente si la fe de la revelación pone a la razón científica sus propias exigencias, científicas también a su modo, tan solo si cuestiona a la razón en el plano específico de la verdad, entendida ésta en sentido analógico, solo si expresa en sí misma una forma única y veraz de comprender la verdad de la razón misma…, solo entonces podría entrar en la universidad “como en casa”.

Del discurso de Benedicto en la Sapienza emerge la invitación de la fe cristiana para que la razón no se convierta en una razón positivista: “existe el peligro de que la filosofía, olvidando su verdadero cometido, degenere en positivismo”. Desde Sócrates – escribe – surgió el intento por separar la razón de la religión mítica con el fin de llegar al verdadero Dios. En este viaje, la razón ha encontrado las exigencias de la fe cristiana. Esta última ayuda a la razón a no perder la confianza en sus propias facultades. Una concepción equívoca de la “laicidad” del saber [laicidad epistémica, podemos decir] según la cual ésta se autoconstruye “en base al círculo de sus propias argumentaciones” causaría su propia fractura. La fe tiene el deber de salvar no cualquier razón, sino aquella verdadera defendiéndola de esa otra falsa, y posee dentro de sí los criterios para hacerlo, es decir, una epistemología implícita propia.

Benedicto fue exigente al pedir a la universidad algunas condiciones que concernientes a la fe y al manifestar su pretensión, no solo de acompañar pastoralmente a su pueblo, sino de contribuir al establecimiento de los propios estatutos del saber que la universidad busca y enseña. El discurso del Papa León, contiene solo alguna anotación en este sentido, pero eligió hacer un discurso pastoral y no científico. Ha invitado a los jóvenes a trabajar por la paz, a proteger el medioambiente, a no ceder al consumismo, a cultivar en la propia conciencia el sentido de justicia y ha felicitado la colaboración de la Universidad y de la diócesis de Roma al abrir una cadena humana de ayuda a Gaza.

La distinta acogida a los dos Pontífices se puede explicar por este planteamiento tan diferente. Benedicto cuestionó un tipo de universidad, León no llegó a tanto.

Stefano Fontana

[Traducción desde el italiano por José Ignacio Romero Lerma]

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