De lo que ha salido a la luz en los últimos días, luego de la publicación de los llamados Archivos Epstein, publicados el 30 de enero pasado por el Departamento de Justicia de Estados Unidos, parecería delinearse un cuadro muy inquietante. En realidad, están desaparecidos muchos de los vídeos que, según el fiscal general Todd Blanche, representan pruebas abrumadoras de la depravación cometida por figuras clave del poder estadounidense. Aunque todavía quedan por aclarar las dinámicas que unen a ciertas élites globales, sale a la luz un universo oscuro compuesto de depravación y satanismo, un diseño más profundo y “oculto”.

Los encuentros de extrema perversidad hacen pensar en verdaderos ritos de iniciación destinados a vincular profundamente a los participantes, según modalidades que se asemejan mucho a las de algunos círculos esotéricos.

León XIII, en su Encíclica Humanum Genus, en la que condenó la masonería, advirtió sobre el peligro de las sociedades secretas: “De tal rápida y tremenda propagación han sido, en detrimento de la Iglesia, del poder civil, de la salud pública, aquellos efectos ruinosos que nuestros predecesores habían previsto mucho antes. Porque ahora hemos llegado a tal extremo que debemos temblar por el futuro destino no ya de la Iglesia, edificada sobre un fundamento que no puede ser derribado por la fuerza humana, sino de aquellos Estados donde la secta de la que hablamos o las otras afines a ella y a sus ministros y satélites, pueden hacer tanto. Por estas razones, tan pronto como fuimos elegidos para gobernar la Iglesia, vimos y sentimos vívidamente en nuestras mentes la necesidad de oponernos con nuestra autoridad, en la medida de lo posible, a un mal tan grande.”

León XIII puso en evidencia dinámicas internas en las relaciones masónicas que son sorprendentemente actuales, ya que también resurgen en los relatos actuales: “Ahora bien, esta continuo fingir y el deseo de permanecer ocultos; este tenaz unir a los hombres, como esclavos baratos, a la voluntad de otros por un propósito mal conocido por ellos; y el abusar de ellos como instrumentos ciegos en toda empresa,  por muy malvada que sea; armar a la mortal mano derecha, conseguir impunidad por el crimen, son excesos que resultan profundamente repugnantes a la naturaleza. La razón, por tanto, evidentemente condena a las sectas masónicas y a las convencidas enemigas de la justicia y de la honestidad natural“.

Detrás del mundo de Epstein hubo ciertamente chantajes, encubrimientos, escándalos dirigidos a atar a hombres de poder “a la voluntad de otros”. Pero también surge cierta continuidad con los ideales y con los rituales propios de la masonería.

Todo esto constituye más que un simple indicio en apoyo de la tesis según la cual existirían también hoy fuerzas poderosas y ramificadas de orientación masónica y globalista, las que —desvinculadas de todo restricción moral y de cualquier principio religioso— llevarían a cabo un proyecto de desestructuración de la antigua civilización de matriz cristiana y de la soberanía de los Estados, todo ello justificado en nombre de un supuesto progreso tecnocrático y de un libertarismo sin límites. En cierto sentido, estas fuerzas representan la “vanguardia” del llamado Nuevo Orden Mundial.

Sobre este punto, el cardenal Joseph Ratzinger, en el prólogo de 1997 al libro el Evangelio frente al desorden mundial, de monseñor Michel Schooyans, reflexionó sobre cómo “estos intentos están adquiriendo una configuración cada vez más definidaque se conoce como el Nuevo Orden Mundial; encuentran una expresión cada vez más evidente en la ONU y en sus Conferencias internacionales, en particular en las de El Cairo y de Pekín, que en sus propuestas para llegar a diferentes condiciones de vida, dejan traslucir una verdadera filosofía del hombre nuevo y del mundo nuevo“.

Resulta difícil desmentir que Joffrey Epstein estuvo de algún modo involucrado en ciertos círculos. No sorprende, entonces, que aparezcan en sus registros los nombres de dinastías influyentes como los Rothschild, los Clinton y los Bush, figuras que en varias ocasiones han evocado públicamente el nacimiento de un “Nuevo Orden Mundial”.

De los periódicos emerge también la imagen de Epstein como hombre clave del Mossad y partidario del sionismo; él mismo no dudó en llamar goyim —un término hebreo usado despectivamente con el significado de “ganado”— a todos aquellos que no formaban parte del círculo asquenazí.

En esencia, nos enfrentamos al mismo círculo que desde hace décadas ha promovido la llegada de un nuevo orden opuesto al tradicional: un proyecto de naturaleza revolucionaria que pretende, como se ha mencionado, deconstruir la antropología humana y cristiana, también a través de la lenta pero constante expansión de “tendencias no reguladas“.

En este sentido, el profesor Corrêa de Oliveira habló de agentes que guían el proceso revolucionario, entendido como “el desarrollo, por etapas, de algunas tendencias no reguladas del hombre occidental y cristiano, y de los errores nacidos de ellas” (cf. Plinio Corrêa de Oliveira, Revolución y Contra-Revolución, Tradición y Acción).

Por último, de los documentos publicados surge claramente qué tipo de poder buscaban ciertos círculos: no cualquier poder, sino el que se refiere al “amo del mundo” o, si se prefiere, al “padre de la mentira”.

Este aspecto escapa evidentemente a la mayoría de los periodistas, que a menudo ni siquiera disponen de las herramientas conceptuales necesarias para comprender la naturaleza de este poder.

Al contrario, quienes en los últimos años han alzado la voz contra el relativismo y la deriva moral de Occidente,  defendiendo principios innegociables, no se sorprenden en absoluto de lo que son capaces de hacer los promotores de la agenda globalista.

Por lo tanto, es nuestro deber denunciar este mal, recordando que sólo “la Verdad nos libera” (Jn 8, 32) y que “nadie puede servir a dos amos: u odiará a uno y amará al otro, o preferirá a uno y despreciará al otro; no se puede servir a Dios y al mismo tiempo a Mammon” (Mt 6, 24).

Porque, como nos recuerda una advertencia profética de Fulton J. Sheen,  “el mayor desastre que puede caer sobre el hombre o una nación no es hacer el mal; es negar que el mal exista al llamarlo progreso“.

Vittorio Leo

Traducción al español por: José Arturo Quarracino (marcotosatti.com)

(Imagen de Europeana en Unsplash)

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