
En toda tarea cultural hay una participación del Bien infinito que no es agotado por ninguna de ellas y es por ello, como escribe monseñor Octavio Nicolás Derisi, “que ningún hombre de cultura, -artesano, artista, sabio o santo- se encuentre satisfecho por el bien logrado”.
Por eso, en 1973, nuestro querido amigo, Rafael Jijrena Sánchez, durante nuestra estadía en Capilla del Monte, Córdoba, extrañado por la profesión pública de ateísmo de un artesano, le dedicó un Mensaje con estos versos:
“Esto lo sé yo
esto lo sabes tú, artesano
lo que se cierra en tu puño,
lo que florece en tus dedos,
no es tuyo, hermano,
sino de Dios.
Tuya es la imperfección del jarro,
la impureza del poncho,
la aspereza de la cuja y de la mesa,
la rebeldía del lazo
y la ruda imagen del santo.
Siempre que estás delante
Dios está detrás.
Que tus manos sean
como las flores, artesano,
como la azucena
cue floreció en la vara de san José
por la humildad, por el amor”.
Esto importa hoy cuando el presidente italiano, Sergio Mattarella, acaba de premiar a 28 jóvenes por su civismo y valentía en una ceremonia civil, pero con un fuerte aspecto de religiosidad laica. Se trata del premio de «Abanderados de la República». Los premiados se han distinguido por razones muy diversas, desde un niño de 13 años que salvó de ahogarse a un amigo a un poeta de 17 años y una voluntaria de la Cruz Roja. Para Stefano Fontana, este tipo de actos manifiestan una especie de «santidad laica» en un mundo «que parece funcionar como si Dios no existiera».
En ese sentido, el periodista italiano señala que este tipo de ceremonias tiene multitud de aspectos paralelos a la religión que conforman «una dimensión de religiosidad laica»: un credo de valores que hay que defender incluso con riesgo personal, un texto sagrado que los contiene (la Constitución), un ritual que debe seguirse (el protocolo civil), una autoridad superior que otorga el reconocimiento (en este caso, el presidente) y una comunidad, aunque sea civil y no eclesial. Para Fontana «la Iglesia tiene sus santos, pero la República también tiene los suyos».
El Estado moderno se esfuerza por mostrar que es posible prescindir de Dios.
Eso implica que la ética social secular y autónoma tiende a engullir y remplazar a la moral religiosa. La «religión laica» se presenta como superior a la «religión religiosa», convirtiéndose en el «criterio de su admisibilidad y legitimidad pública». Ahora, se ha terminado por señalar que son los «santos sociales» proclamados por la República y que no se preocupan por el bien de las almas, los que deben servir de ejemplo para la Iglesia de lo que es ser un buen ciudadano.
Fontana señala que esta idea parte de una simplificación errónea. «Se supone que los jóvenes premiados solo estaban motivados por la ética secular, pero ¿cómo sabemos que eso es así?». De hecho, incluso cuando los premiados no son religiosos, lo que les impulsa a obrar bien es la ley moral natural, que encuentran en sus corazones y no la Constitución.
Además, en la práctica, quien defiende esa ley natural en nuestro mundo y la preserva de las deformaciones es la Iglesia Católica. La custodia de los principios de la ley moral natural en el sentido común se debe también a la religión cristiana.
Esta es la verdad y lo demás es participar de la mentira del laicismo, que busca destruir los jirones de cristiandad que resisten todavía hoy.
Bernardino Montejano
Buenos Aires
(Foto di Rémi Walle su Unsplash)
