Como Jean Guitton escribía en su libro Il Cristo dilacerato, las herejías son laceraciones de Cristo y, en consecuencia, es imposible que no lo sean del hombre, así como de todos los aspectos de su vida, incluidos aquellos sociales y políticos. El orden natural no es autónomo ni autosuficiente. Para poder conseguir sus propios fines naturales necesita del orden sobrenatural. De aquí el principio por el cual no basta la moral a la vida social y política, sino que necesita de la religión verdadera. En añadidura, la moral se funda en el orden natural que es fruto del Creador, quién no se distingue del Salvador. Solo uno es el Legislador, Aquél que legisla a través de la lengua de la ley natural, y Aquel que legisla comunicándonos la ley nueva del Evangelio. Las estratagemas sociales y políticas no se desarrollan únicamente en la tierra sino también en el Cielo. Las herejías asedian el orden sobrenatural y así no pueden evitar producir repercusiones lacerantes también en aquél natural. Es por este motivo que podemos observar como las herejías, incluso en modo distinto, desarticulan la visión de la persona, corrompen las relaciones familiares, destruyen los ligámenes sociales, subvierten el orden jerárquico de la sociedad, asignan valor absoluto a elementos secundarios de la vida humana, producen desidias y guerras, promueven movimientos revolucionarios. De las herejías nacen los racionalismos, los milenarismos, las utopías, el pauperismo, el puritanismo y el laxismo que tanto daño han producido en la vida social además de en aquella eclesial.

En la teología de hoy día se hace patente cierta dificultad a admitir esta dimensión de la herejía. Pasando de una impostación natural a otra histórica y existencial, cierta teología de hoy día asume una visión dialéctica y procesual de la vida de la Iglesia. Por este motivo, la herejía es vista como un momento interno al proceso, el momento negativo de la contradicción que, a pesar de su negatividad, permite desarrollar la tesis para desenvolverla en una síntesis superior. Las herejías así consideradas serían como oportunidades que permitirían que se profundizase la autocomprensión de la Iglesia. Vistas como punto de partida para la purificación de la comprensión de la fe, no se las responsabiliza del daño producido a las almas, y mucho menos de las condiciones históricas de la vida humana en sociedad.
La formulación de los dogmas, ya en los grandes Concilios de la antigüedad, ya por parte del supremo Magisterio, siempre ha tenido efectos de pacificación social y de recuperación de la “tranquillitas ordinis” en las naciones. Por el contrario, las herejías siempre han hecho temblar la convivencia pública. Un caso entre los más ejemplares es el de los Cataros, o Albigenses, contra los cuales predicó san Bernardo y que fueron inmediatamente condenados en el 1163 del Concilio de Arras. Los Cataros negaban todos los sacramentos y los sustituyeron por el rito de la “consolación” que purificaba el alma.
Condenaban el matrimonio, la procreación, la muerte de cualquier animal, y toda forma de guerra. Se trataba de una herejía antisocial dado que expresaba un odio hacia el hombre y hacia el creado, con la consecuente negación de toda responsabilidad moral y de cualquier forma de vida asociada estable. En su dualismo maniqueo entre el dios bueno y el dios malo, despreciaban la materia, lo que hacía necesario renunciar a la tierra, a la carne y a la vida misma, llegando incluso al “suicidio místico”. Estos efectos, subversivos y revolucionarios en el plano social y político, urgieron no solo la predicación de Santo Domingo para “reconquistar” a muchos prelados del sur de Francia que se había hecho herejes, ni tan solo la organización de asambleas públicas por parte de los Cistercienses, sino que precisaron también que el mismo Papa Inocencio III se viera empujado a organizar una cruzada contra los feudatarios que, pasados a los Albigenses, se organizaron militarmente. La complicada empresa bélica concluyó con la victoria de Simón de Montfort en Muret el 13 de septiembre de 1213. Esta batalla, pagada a alto precio, salvó no solo a la Iglesia sino también a la humanidad de su propia autodestrucción.
También en nuestra época se puede hablar con razón de un “neocatarismo” dada la guerra a la natalidad, la promoción de la sexualidad no procreativa, el uso instrumental y narcisista del cuerpo humano, el deprecio al matrimonio, la ideología de género, el odio por el orden del Creado y la idea de poder ser “puros” también en la lascivia. Otro caso fuertemente significativo para nuestro discurso es la Reforma luterana. Son patentes las presiones, las violaciones, los abusos y las guerras inmediatamente sucesivas a la Reforma. La masacre de los aldeanos en el 1525, la revuelta de los Caballeros, la clausura de conventos, las presiones para abandonar la vida religiosa, las profanaciones, la lucha entre los Príncipes cuando Lutero y, sobre todo, Felipe de Asia recurrió a ellos para estructurar la Reforma. También son patentes las persecuciones no solo en lo que se refiere a los católicos sino también a los zwinglianos y sobre todo a los anabaptistas. Estos últimos, produjeron situaciones políticas de grande violencia y de pura irracionalidad, como lo que sucedió a Münster entre 1535 y 1536 por parte del “gobierno de los fanáticos milenaristas” (C. Dawson). Esta trágica experiencia social y política duró un año y medio. La intención era reordenar la vida social desde sus fundamentos para restaurar el “reino de la nueva Sion”. Prohibiciones de la propiedad privada, abolición del dinero, obligación de tener las puertas de las casas siempre abiertas, quema de todos los libros en plaza pública exceptuando la Biblia, lujuria desenfrenada, poligamia obligatoria, eliminación física de las “bocas inútiles” en tiempos de hambre y crisis productiva, ejecuciones sumarias. En otras palabras, un demencial y apocalíptico experimento social muy bien documentado por Friedrich Rech-Malleczewen en su famoso libro publicado en 1937 y reeditado con el título “Il re degli anabattisti. Storia di una rivoluzione moderna”. y que sean una especie de inevitable precio a pagar por todo cambio histórico. Se podría pensar que hechos semejantes han estado también presentes en otros eventos de distinto cuño. Si así se pensara, se terminaría por emanciparlos del peso que tiene la herejía de la que son expresión. Además, en el caso de la Reforma, no se trata tan solo de esto, porque en este caso no solo estalló por primera vez una verdadera “guerra civil europea”, como Ernst Nolte señaló, precursora de otras muchas posteriores, sino que también desaparecía un marco de civilización mientras nacían los Estados absolutos modernos, siempre en guerra entre ellos, como argumentaría Hobbes al siglo siguiente. La Reforma desarticuló la civilización cristiana y, con la Dieta de Augusta primero (1555) y la paz de Westfalia después (1648), se creó un sistema político artificial nunca más fundado en la naturaleza, violento y conflictivo en sí mismo y no por motivos contingentes. La desvinculación, dentro de la herejía luterana, entre fe y razón y entre lo natural y sobrenatural, sustraía al poder político el deber de perseguir el bien común y lo transformaba en una pura fuerza necesaria para controlar las inevitables exuberancias de los ciudadanos, marcados por una naturaleza corrupta: “El asno ha de ser castigado y el pueblo ha de ser regido por la fuerza”.
A lo largo de nuestra presente exposición hemos tenido la oportunidad de proponer dos ejemplos muy significativos, pero no hemos de olvidar que es propio de todas las herejías, y no solo de estas dos, el ocasionar daños a la vida social y política. Estos efectos sociales nocivos nos llegan, en la actualidad, por la “superherejía” de la gnosis, de la que beben todas las otras herejías. La gnosis consiste en sostener que la salvación depende de nuestra conciencia y de nuestra acción. Se trata de un acto de soberbia que retoma la perversa lógica del pecado original. La autonomía del sujeto, la originalidad y exclusividad de la propia conciencia, la sustitución de la salvación cristiana por la praxis política, de Cristo “según yo” más que el Cristo en sí, la secularización de la vida social y política, el desprecio de la materia, la creación y la ley moral natural, los movimientos revolucionarios, la inclinación a retomar la visión del orden original o de instaurar un Edén en el futuro, el rechazo de un orden en la realidad y de una jerarquía en la sociedad, la idea de una sociedad de “los puros” o de los “mejores” capaz de permanecer en la inmortalidad tales también, las ideas políticas extremistas e irrealistas, el rechazo del buen sentido natural en política… he aquí algunos ejemplos de barbarización de la vida social según esta gran, multiforme y siempre naciente herejía que es la gnosis.
[Originalmente publicado en “La Bussola Mensile”, febrero 2026.
Traducido desde el italiano por José Ignacio Romero Lerma]
(Immagine: Battaglia di Muret, Di anonimous, Pubblico dominio, wikicommons)
