
La vida política concreta es una combinación de ética y de sociología. El equilibrio entre ellas, usando terminología de la física, es inestable. Refugiarse en la primera implica desconocer la condición humana; conformarse con la segunda conduce a la mediocridad existencial.
Sin perder de vista lo dicho, entonces, puede resultar de provecho reflexionar, brevemente, sobre la palabra política –“palabra” como substantivo y “política” como adjetivo–. Esto exige recordar algunas verdades básicas de la filosofía social que pueden compendiarse en una sola: el hombre es un ser social y político por naturaleza. La justificación es conocida: él es un ser indigente a fin de lograr la perfección que consiste, en sentido natural, en la vida virtuosa. Dicho de otra manera, necesitamos de otros –que también necesitan de nosotros– para ser felices. Felicidad que implica la satisfacción del bien integral de la persona humana en quien subsiste la composición alma (espiritual) como forma y cuerpo (físico) como materia.
La coronación de la vida humana, en lo que se refiere a la felicidad, se encuentra en la comunidad política. Lejos de todo contractualismo y de ser concebida, en el mejor de los casos, como un remedio de males, la vida/comunidad política es la principal auxiliadora en la formación del hombre. Principal por el bien común que justifica su existencia y auxiliadora porque la familia es la original y primera educadora de los hijos.
A la luz de lo dicho, conviene apuntar uno de los principales indicadores o pistas que hablan de la natural sociabilidad humana. Se trata del lenguaje. El hombre –cada uno de nosotros– tiene palabra. Nos comunicamos, mediante la palabra, en orden a una finalidad: ser felices. Pero debería agregarse: en común. Nuestras palabras, por lo tanto, deben ser morales, es decir, corresponder a la realidad de las cosas. Nuestras palabras, en consecuencia, deben ser forjadoras de comunión. Las palabras destempladas, por el contrario, generan desunión. En este sentido, hay palabras que, por sí mismas y con independencia de la intención de quien las pronuncia, son antisociales. Y, a fortiori, antipolíticas.
¿Qué podría decirse, entonces, de la palabra política? Inmediatamente, que conserva las características de la palabra humana común: la moralidad y la comunión, antes mencionadas. Podrían apuntarse otras.
Pero, a diferencia de la mera palabra humana, la palabra política importa una dignidad superior, más elevada. La palabra política no se pronuncia, solamente, para generar la unión en las familias y en los tradicionalmente denominados cuerpos intermedios. La palabra política debe procurar directamente el bien común, es decir, la unión de la paz, en palabras de Santo Tomás de Aquino.
Contemplemos, por un momento, un escenario político agonal como las semanas previas a una cita electoral (¿o deberíamos decir contienda?). ¿Aplicaría aquí, como en la guerra, que la primera víctima es la verdad? La verdad, como correspondencia con la realidad y como iluminadora del bien pareciera desaparecer en la acción… y en las palabras. Fuera del uso del argumento ad hominem –el más débil de todos–, se recurre a la exageración, al énfasis –cuya contracara es el silenciamiento–, a la manipulación informativa, y a un largo etcétera que degradan la vida social-política. Se miente descaradamente como si el pueblo fuera un tonto. La confección de relatos podría cotizar en la Bolsa. En resumen, la conclusión a la que se puede arribar es que “todos mienten”.
La situación se agrava cuando la palabra política “se privatiza”. Este fenómeno de la “privatización de la palabra política” es práctica común entre los partidócratas. Como lo significa el mismo nombre, el fin de la partidocracia no es el bien común político. Pero todavía peor es esta práctica entre los sostenedores del liberalismo dado que, por principios, la concepción de la política responde al individualismo y al contractualismo que, al fin de cuentas, es una proyección de los intereses también individuales. Los liberales –si bien no son los únicos que privatizan la palabra política–, disuelven, in radice, lo común en lo individual.
Por último, una consideración práctica. Si fuera lícito hacer una comparación entre la vida familiar y la vida política, podría decirse lo siguiente: quien gobierna una comunidad política, como quien hace algo similar con la familia, debe ser un maestro del diálogo. El auténtico diálogo –no el pseudo-democrático que se concibe a sí mismo como fin– se nutre de la palabra. En este sentido, el diálogo político no solamente exige la verdad política sino las buenas maneras para persuadir y poner en práctica las respectivas medidas a fin de lograr los objetivos políticos propuestos. Ofender a las personas de los opositores es una mala práctica política. Incluso, darse el lujo de injuriar a la “oposición amable” no solamente es contrario a la “unión de la paz” sino una muestra de falta de inteligencia.
En resumen. La palabra política importa una responsabilidad enorme dado que la autoridad, es decir, quien está al cuidado de la comunidad política, debe procurar, mediante ella, la consecución del bien común. Además del sujeto natural, se requiere la práctica de la veracidad política. En su adquisición por parte de los gobernantes se juega la auténtica felicidad de la comunidad política.
Germán Masserdotti
(Foto di Jon Tyson su Unsplash)
