Como enseña la Iglesia y explica la teología católica, la finalidad de la Encarnación del Hijo de Dios fue la salvación de los hombres. En el Credo Niceno-Constantinopolitano se confiesa: “…qui propter nos homines et propter nostram salutem descendit de caelis…”: Quien [el Hijo de Dios], a causa de nosotros, los hombres, y a causa de nuestra salvación, descendió de los cielos…”.

La obra redentora de Jesucristo se extiende no solamente a los individuos sino también a las sociedades. El hombre –cada uno de nosotros– es un ser social por naturaleza. Esta verdad básica vinculada a la metafísica, la antropología y la ética podría iluminarse con textos desde la antigüedad hasta la actualidad. Lo importante es que no debe ser perdida de vista por la sabiduría cristiana porque, de otro modo, podría caerse en una especie de “individualismo” católico extraño al espíritu del designio salvador de Dios.

Puede afirmarse, en consecuencia, que Jesucristo redimió, además de a los individuos, también a los pueblos. Del mismo modo que los individuos, a su vez los pueblos pueden o no aceptar la redención cristiana. En el caso de los pueblos, cobra valor la relación entre los integrantes de la misma comunidad política: los gobernantes y los súbditos. Una manifestación elocuente de la aceptación de la obra redentora de Cristo –si bien no la única– en los pueblos es el cuerpo de leyes que los rige. Dime cuál es el corpus jurídico de un pueblo y te diré si, en él, se aceptó y se asumió amablemente la obra redentora de Cristo que asume, sana y perfecciona a la naturaleza humana.

Lo dicho hasta el momento es necesario a fin de comprender mejor qué significa que la Virgen María es la Madre Corredentora de la Civilización Cristiana.

Como puede apreciarse, el Misterio de María debe comprenderse a la luz del Misterio de Cristo. Conforme enseña la Constitución dogmática Lumen Gentium (21 de noviembre de 1964) del Concilio Vaticano II, “piensan los Santos Padres que María no fue un instrumento puramente pasivo en las manos de Dios, sino que cooperó a la salvación de los hombres con fe y obediencia libres. Como dice San Ireneo, «obedeciendo, se convirtió en causa de salvación para sí misma y para todo el género humano» [San Ireneo, Ad. haer. III, 22, 4: PG 7, 959 A; Harvey, 2, 123]” (LG, 56). La unión de la Madre con el Hijo “en la obra de la salvación se manifiesta desde el momento de la concepción virginal de Cristo hasta su muerte…” (LG, 57).

Un texto notable del Concilio Vaticano II que le proporciona un contenido inobjetable a la verdad de María como Madre Corredentora es el que sigue: “(…). Así avanzó también la Santísima Virgen en la peregrinación de la fe, y mantuvo fielmente su unión con el Hijo hasta la cruz, junto a la cual, no sin designio divino, se mantuvo erguida (cf. Jn 19, 25), sufriendo profundamente con su Unigénito y asociándose con entrañas de madre a su sacrificio, consintiendo amorosamente en la inmolación de la víctima que ella misma había engendrado; y, finalmente, fue dada por el mismo Cristo Jesús agonizante en la cruz como madre al discípulo con estas palabras: «Mujer, he ahí a tu hijo» (cf. Jn 19,26-27) [Cf. Pío XII, enc. Mystici Corporis, 29 jun. 1943: AAS 35 (1943) 247-248]” (LG, 58).

El mismo Concilio Vaticano II sobreabunda: “…la misión maternal de María para con los hombres no oscurece ni disminuye en modo alguno esta mediación única de Cristo, antes bien sirve para demostrar su poder. Pues todo el influjo salvífico de la Santísima Virgen sobre los hombres no dimana de una necesidad ineludible, sino del divino beneplácito y de la superabundancia de los méritos de Cristo; se apoya en la mediación de éste, depende totalmente de ella y de la misma saca todo su poder. Y, lejos de impedir la unión inmediata de los creyentes con Cristo, la fomenta” (LG, 60). En el mismo sentido, agrega: “(…). Concibiendo a Cristo, engendrándolo, alimentándolo, presentándolo al Padre en el templo, padeciendo con su Hijo cuando moría en la cruz, cooperó en forma enteramente impar a la obra del Salvador con la obediencia, la fe, la esperanza y la ardiente caridad con el fin de restaurar la vida sobrenatural de las almas. Por eso es nuestra madre en el orden de la gracia” (LG, 61).

Para concluir: “(…). Jamás podrá compararse criatura alguna con el Verbo encarnado y Redentor; pero así como el sacerdocio Cristo es participado tanto por los ministros sagrados cuanto por el pueblo fiel de formas diversas, y como la bondad de Dios se difunde de distintas maneras sobre las criaturas, así también la mediación única del Redentor no excluye, sino que suscita en las criaturas diversas clases de cooperación, participada de la única fuente.

La Iglesia no duda en confesar esta función subordinada de María, la experimenta continuamente y la recomienda a la piedad de los fieles, para que, apoyados en esta protección maternal, se unan con mayor intimidad al Mediador y Salvador” (LG, 62).

Entonces ¿por qué la Virgen María es la Madre Corredentora de la Civilización Cristiana?

El motivo es claro: Ella es la Madre del Redentor y, en el Evangelio predicado por Él, se inspiran los cristianos para edificar la Ciudad terrenal. Los discípulos del Redentor labran, cotidianamente, la vida social en ámbitos como la cultura, la política, la economía, la vida familiar, y un largo etcétera. Esta colaboración en la obra de Redención que viven los cristianos en medio del mundo es algo real y que da frutos. Es cierto que en medio de pruebas y de flaquezas, pero con el propósito sostenido de convertir a un mundo meramente humano en un mundo raigalmente cristiano.

Si aspiramos a restablecer un orden social según el derecho natural y cristiano, no dejemos de lado a la Virgen por temor a ofender a su Hijo. María, la Madre Corredentora, nos muestra a Jesucristo, su Hijo Redentor.

Ad Iesum per Mariam.

Gérman Masserdotti

(Buenos Aires)

(Foto: Pixabay)

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