
Una cuestión manipulada por la demagogia
Últimamente, numerosas propuestas y análisis —provenientes incluso del ámbito católico— destinadas a resolver el problema de la indigencia, han resultado ser tan demagógicas que han terminado por malinterpretar y distorsionar el concepto mismo de pobreza.
Por ejemplo, es frecuente confundir a día de hoy la pobreza material con la espiritual; la de posesión con la de uso; la culpable con la meritoria; la impuesta con la voluntaria; la estoica con la cristiana; aquella que deriva del consejo evangélico con esa otra de precepto.
De un lado, se pretende que la pobreza material sea el mayor mal a erradicar y se acusa a la riqueza como si fuera su causa. De otro, se identifica al pobre con el verdadero cristiano y, exaltando a la clase pobre como si fuera el nuevo “pueblo elegido”, se reduce la caridad cristiana a mera filantropía, a simple lucha contra la indigencia.
Mientras que algunos ricos “filántropos” y poderosos “movimientos populares” elogian la pobreza —sin tan siquiera ponerla en práctica— y trabajan por imponerla al conjunto de la sociedad bajo pretextos ecologistas; otros de clase pobre se lamentan de su miseria pretendiendo colmarla, no ya con trabajo y ahorro, sino con los bienes ajenos confiscados bajo pretextos comunistas.
Así, para algunos observadores, esta filantropía humanitaria encubre un nuevo fariseísmo que aspira a considerarse “justo y puro” no mediante la profesión y vivencia de la ortodoxia, sino ostentando una ortopraxis moralista y demagógica que reduce la caridad cristiana al simple “compromiso social” a favor de los pobres, marginados y migrantes.
Por ello, nos parece necesario reafirmar algunas verdades básicas —tan simples como olvidadas— que nos permitan disipar equívocos y enfilar una posible solución cristiana al problema de la pobreza. Para mayor brevedad, nos abstendremos de citar las fuentes religiosas, morales y económicas implícitas en esta exposición.
Pobreza material y espiritual
La doctrina cristiana enseña que la verdadera pobreza a compadecer y sanar no es tanto la material, que consiste en la falta de bienes o de salud, cuanto la espiritual, que es ignorancia de la verdad religiosa y ausencia de la virtud moral. El resto de pobrezas (cultural, social o económica) son su consecuencia inevitable. Esta pobreza espiritual, cuando es voluntaria, es la verdaderamente culposa porque es consecuencia del rechazo de la Gracia divina que purifica al hombre del error y del vicio y le permite reconocer la verdad, practicar la virtud, y conformarse a los Mandamientos de Dios y enseñanzas del Evangelio.
El pecado es siempre individual y su responsabilidad es personal, no colectiva. Incluso los llamados “pecados sociales” encuentran su causa en culpas cometidas por individuos concretos, y no por masas imaginarias, clases sociales o instituciones políticas. Las “estructuras de pecado”, es decir, aquellas que fomentan el error, el vicio, la injusticia y la pobreza, son fruto de los pecados cometidos por individuos, familias, linajes, parlamentos y gobiernos que corrompen la sociedad política y, a veces, llegan a corromper la sociedad religiosa.
Enriquecer, sanar o santificar al pobre no se puede traducir tan solo en llenarle el estómago de comida, el bolsillo de dinero o la casa de objetos; pues incluso el recibir bienes materiales inadecuados o en exceso puede llegar a empobrecer su alma, convirtiendo al pobre en una persona avara, sensualista, prepotente, soberbia e ingrata, allanándole el camino no tanto para su salvación cuanto para su perdición.
En efecto, tal como demuestra la experiencia humana, es preferible para aquellas personas inclinadas al error y al vicio que se vuelvan o permanezcan materialmente pobres, pues esa indigencia no solo las preserva de otras tentaciones y peligros morales, sino que las enriquece espiritualmente, permitiéndoles abrirse a la verdad, a practicar la virtud y a ganar su salvación.
Pobreza evangélica y cristiana
Dicen los Evangelios que Jesucristo, al menos durante el tiempo que trabajó como carpintero en el taller de san José, no vivió en la pobreza. Será justo después de comenzar su predicación que vivirá con austeridad del sustento de las ofrendas y de la hospitalidad de sus primeros seguidores y, aun así, no descuidará de proveer a Sí mismo y a sus Apóstoles, recogiendo y ahorrando el dinero y los bienes recibidos en la “bolsa común” de la comunidad.
En efecto, nuestro Divino Redentor no se encarnó para salvarnos de la pobreza material o terrenal, sino de aquella espiritual y eterna que proviene del único mal radical y absoluto: el Pecado Original y los sucesivos pecados actuales cometidos por los hombres a lo largo de la historia.
El Evangelio busca reconciliar primero al hombre con Dios y, después, entre sí. Por eso, no contrapone ideológicamente la santidad de los pobres y débiles a la maldad de los ricos y poderosos; al contrario, exhorta a todos a socorrerse mutuamente en tal manera que la posesión y el uso de los bienes terrenales se rija por leyes de justicia y caridad, se subordine al bien común y se ordene a la santificación de la humanidad.
Por eso, cuando Jesucristo fundó la Iglesia católica, no lo hizo para aliviar las miserias materiales de los indigentes, sino para santificar a la humanidad liberándola de la esclavitud del pecado y de sus dramáticas consecuencias espirituales, morales, sociales y económicas. Fin y meta que tan solo se puede conseguir enseñando la verdad, exhortando a la virtud y eliminando los obstáculos (el error, el vicio y la injusticia) que impiden la acción de la Gracia salvadora.
Ya desde sus orígenes, la Iglesia trabajó por socorrer, en primer lugar, la pobreza espiritual con la convicción de que tan sólo de esa manera podría aliviar y reducir la pobreza material. Distinguiendo la verdadera pobreza de la falsa, los diáconos de la Iglesia asistían a los pobres, pero rechazaban a los maleantes y a los ociosos que pretendían aprovecharse de los bienes eclesiásticos y se negaban a practicar las virtudes que les habrían sacado de su estado de miseria.
A esto, añadir que también conviene saber distinguir entre aquella pobreza material aceptada y soportada estoicamente con fines espirituales (culturales, morales o políticos), y esa otra pobreza cristiana sufrida o elegida por fines sobrenaturales, vivida con espíritu de fidelidad, confianza, paciencia y resignación.
Esta práctica de la pobreza cristiana consiste en preferir los bienes espirituales antes que los materiales y en poner estos al servicio de aquellos; en usar las riquezas poseídas con actitud de desapego y templanza, hasta el punto de estar dispuestos a renunciar completamente a ellas con tal de obtener, conservar o aumentar los bienes celestiales y eternos.
Anawim es como llama la Sagrada Escritura al rico que usa sus bienes materiales como instrumento para vivir, hacer el bien a la sociedad y atender a las necesidades de la Iglesia: “pobre de espíritu” merecedor de la vida eterna. En cambio, al pobre que envidia o codicia las riquezas ajenas por buscar el placer, el poder o la fama, lo denuncia como un avaro espiritual, merecedor de la muerte eterna.
Con el voto religioso de pobreza se aspira a poner en práctica el consejo evangélico que exhorta al cristiano a renunciar por completo a todos los bienes materiales (pasados, presentes y futuros), a todas las seguridades y a todos los honores que estos puedan ofrecer, con el fin de que, con mayor libertad y confianza en la divina Providencia, se pueda dedicar el profeso a la santificación personal y a la del prójimo. No deriva este voto de una obligación moral o social, sino religiosa que, a más inri, comparada con los otros dos votos de castidad y obediencia, es la menos importante.
Por qué y en qué manera socorrer a los pobres
Siendo esto así, tanto el Evangelio como la doctrina social de la Iglesia fervientemente han recomendado a los fieles la práctica de la caridad no solo para con los pecadores e ignorantes, sino también para con los indigentes, ya se sean pobres o enfermos, con el fin de sanar las heridas de su miseria aun cuando esto suponga grandes esfuerzos y sacrificios.
No obstante, sea patente que esta caridad viene impulsada por razones y persigue fines no tan materiales o naturales cuanto espirituales y sobrenaturales. La falta de bienes necesarios para una vida digna o la mera inseguridad y precariedad de estos, suele provocar en los pobres graves consecuencias no sólo materiales, sino sobre todo espirituales, que dañan al individuo y acaban repercutiendo en la sociedad.
De hecho, cuando alguien se ve bajo una situación de pobreza extrema o enfermedad, pueden darse dos escenarios. Si se rige por una fe recta y por una sólida virtud, no perdiendo la esperanza, logra superar la dura prueba y se santifica con mayor facilidad que un rico. Pero si carece de estos apoyos espirituales, en el caso de tener un temperamento manso, se desalienta y se cae en el fatalismo o la desesperación; en el caso de tratarse de un temperamento colérico, se entrega a la envidia y al odio, inclinándose hacia la rebelión y la violencia.
Estas situaciones de miseria mal afrontada empujan la pobreza material hacia aquella espiritual, causando graves consecuencias en la sociedad civil. Por un lado, el abandonarse al fatalismo genera situaciones de estancamiento económico y degradación social que frenan el progreso social. Por otro, el ceder a la tentación de odio suscita no sólo conflictos sociales, sino también a revoluciones políticas.
Si encima a la codicia, envidia y odio que envenena a los pobres y débiles sumamos la avaricia, soberbia y arrogancia que endurece el corazón de los ricos y poderosos, arriesgamos con romper la entera solidaridad entre las familias, las comunidades y las clases, base constitutiva de la concordia y paz de un pueblo. Ruptura que desemboca en conflictos sociales que pueden explotar en una guerra civil.
Tal fractura pone en peligro no sólo el bienestar y el progreso económico, sino la misma supervivencia de la sociedad. La historia demuestra que los grandes promotores del liberalismo y del socialismo han sabido explotar cínicamente el descontento social y la rivalidad de clases con el fin de dominar a un pueblo dividido por la codicia, la envidia y el odio.
Por tanto, es deber no sólo de los individuos, sino también de las comunidades y, sobre todo, de las autoridades civiles y religiosas, impedir que las situaciones económicas o sociales excesivamente injustas y escandalosas, alimenten en los pobres y marginados sentimientos de desesperación o de venganza que los conduzcan al punto del robo, la revuelta y la revolución.
En esta línea, conviene recordar que muchos pensadores católicos han advertido a los poderes económicos y políticos sobre la necesidad de que los pueblos pacíficamente puedan tener el justo y prudente acceso a los bienes, derechos y poderes que los alejan del apropiarse de ellos violentamente, perdiendo en consecuencia sus beneficios y destruyendo la solidaridad social.
El ejemplo del “pastel a compartir”
La propuesta cristiana para resolver el problema de la pobreza debe evitar toda forma de demagogia, siendo la demagogia clerical la más peligrosa de todas ellas porque, prostituyendo la caridad cristiana, fabrica argumentos sofísticos, apela a sentimientos viscerales y despierta pasiones incendiarias que fácilmente pueden ser aprovechadas por la subversión.
Basta considerar esa corriente pauperista que, partiendo del liberalismo de Lamennais, pasando por el modernismo de Murri y el democratismo de Dossetti, ha desembocado en la “teología de la liberación”, difundida hoy incluso en recientes documentos pontificios como la encíclica Fratelli tutti o más recientemente la exhortación apostólica Dilexi te.
El problema de la pobreza no puede resolverse exaltando una “solidaridad” que comprometa el bien común y la paz social, ni reduciendo el derecho de propiedad privada a su simple “función social”, ni imponiendo la expropiación de bienes para distribuirlos después según un criterio igualitarista (que equivale a la ausencia de recto criterio). Todo ello acaba fomentando facciones envidiosas, codiciosas y rebeldes, en perjuicio de la gente humilde, modesta, paciente y trabajadora.
Pongamos un ejemplo muy común. Suelen los demagogos decir que el problema económico es fácil de resolver: basta con que una autoridad superior confisque a los ricos el “pastel” de los bienes que tienen, lo divida en porciones iguales y lo reparta entre los pobres, en tal manera que cada uno reciba su (miserable) porción.
Sin embargo, cuando el “pastel para compartir” se haya terminado y aquellos pobres que han seguido siendo pobres vuelvan a tener hambre, reclamarán otro más. La autoridad superior se encontrará entonces en una disyuntiva: o bien obliga a los nuevos ricos —¡si es que quedan! — a producir más “pasteles” para volver a expropiarlos y repartirlos, o bien asume directamente la producción, apoderándose de toda la economía.
Actuando así, la mentalidad consumista e igualitarista lo único que favorece es al poder tiránico que pretende imponer un régimen que nos conduzca al comunismo, es decir, al robo legalizado de los bienes, perpetrado ya sea por los Estados, las ONG, las fundaciones o los organismos multinacionales. Aún hoy, ciertos intelectuales, sociólogos y teólogos siguen sin comprenden que este proceso conduce a un poder cosmopolita desmedido en medio de una miseria generalizada.
La solución al problema consiste justo en lo no contrario. No en el dividir el “pastel”, sino en el acrecentarlo, o mejor aún, en el multiplicarlo, para que los necesitados puedan producir sus propios pasteles con las cuales alimentarse. Si luego sucediera que dichos “pasteles” se repartieran y distribuyeran a partes desiguales, no tanto según las necesidades de quienes los reciben cuanto según las capacidades de los productores, entonces la liberalidad de la caridad cristiana deberá remediar la rigidez de la estricta justicia.
No se trata tanto de “quitar a los ricos para darselo a los pobres”, cuanto de ayudar a los necesitados para que logren el mayor acceso posible a la cultura, a la salud, al trabajo, al ahorro y la propiedad privada, hasta poder alcanzar una sociedad en donde no existan personas ni excesivamente pobres ni excesivamente ricos. Esta solución supone que las autoridades políticas, sociales y religiosas tienen que favorecer la entrada en acción de los factores espirituales y de las virtudes morales necesarias que multipliquen los “pasteles”: laboriosidad, ingenio, sobriedad, previsión, ahorro, inversión y generosidad.
Lo que confirma que sólo la riqueza espiritual puede sanar verdaderamente la pobreza material. «Buscad el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura», incluso el bienestar terrenal, en la medida en que sea compatible con la salvación eterna.
Guido Vignelli
Trad. José Ignacio Romero Lerma

