España, en América, busco edificar otra España, no una colonia. Esta afirmación, que cito ad sensum, es una de las que formula el historiador y periodista español José Javier Esparza en una entrevista reciente que le hizo Fernando Paz en El Toro TV a propósito de No te arrepientas. 35 razones para estar orgulloso de la historia de España (Madrid, La esfera de los libros, 2021), el último de sus libros. Recomiendo oír la entrevista y espero leer el libro cuando resulte posible. La afirmación de Esparza, por cierto, cuenta con un respaldo historiográfico por demás sólido.

A diferencia, conviene recordarlo, de Inglaterra y otras potencias europeas que sí consideraron como colonias y los trataron como tales a los territorios conquistados resultado de diversos motivos.

Pruebas sobran, la comunidad científica lo tiene aceptado hace rato pero en el “sentido común” de la gente, reconfigurado por los que militan en el anti-Catolicismo, es una idea prácticamente ausente. La “bajada de línea” en colegios de gestión estatal en la Argentina es la adopción acrítica de los lugares comunes de la Leyenda Negra contra España. Y lo que, todavía, causa más pena es que esta misma “bajada de línea” es la propagada en buena parte de los colegios católicos –tema aparte–.

Me refiero a los que militan bajo la bandera del anti-Catolicismo y no solamente en contra de la Iglesia porque los que les fastidia soberanamente es un mundo que se nutre de la Cultura Católica, de la Cristiandad –un ejemplo entre otros debido a la Monarquía católica española: las misiones guaraníticas a cargo de la Compañía de Jesús–. Nos tolerarían si fuéramos católicos en nuestra casa, en nuestros templos y no mucho más. Sucede que el Catolicismo sin aclaraciones busca evangelizar a los individuos y a las sociedades, incluida la Comunidad Política.

Por eso es tan importante difundir libros como los de José Javier Esparza y de tantos otros autores que escriben en lengua castellana, pero no solamente. Ahora recuerdo uno del francés Jean Dumont, El amanecer de los derechos del hombre (Madrid, Ediciones Encuentro, 2009).

Esta introducción viene a cuento por unas palabras recientes que dijo Alberto Fernández, presidente argentino, durante la visita de Pedro Sánchez, actual presidente de España. Afirmó: “los mexicanos salieron de los indios, los brasileños salieron de la selva pero nosotros, los argentinos, venimos de los barcos”. Luego quiso aclarar sus dichos pero, como suele decirse, “no aclares que oscureces”. En su cuenta de Twitter señaló: “Se afirmó más de una vez que “los argentinos descendemos de los barcos”. En la primera mitad del siglo XX recibimos a más de 5 millones de inmigrantes que convivieron con nuestros pueblos originarios. Es un orgullo nuestra diversidad”. Uno de los efectos de su intervención fue correspondiente superproducción de memes.

Una vez más, lo que resulta una verdad establecida para la historiografía seria no lo es para el actual “sentido común” de la gente al que nos referíamos arriba. Por eso es necesario recordar que los argentinos no nacemos en 1810, ni en 1816, ni descendemos de los barcos a comienzos del siglo XX.

Los argentinos descendemos, principalmente, de la España inspirada en el testamento y codicilo de Isabel la Católica y del proyecto político de su nieto Carlos I de Castilla (y V del Sacro Imperio Romano Germánico) en favor de la consolidación y defensa del orden cristiano. Por mencionar un libro, recordemos el de Vicente Sierra, El sentido misional de la Conquista de América (Buenos Aires, Dictio, 1980).

En otra oportunidad, (“Por Castilla somos gente”, Religión en Libertad, 12 de octubre de 2019), recordé los versos de Francisco Luis Bernárdez (1900-1978), otro gran argentino como Sierra. En los versos de La Patria se profesa que “podemos dar gracias al cielo por la belleza y el honor de su destino. / Y por la dicha interminable de haber nacido en el lugar donde nacimos”. Los versos de Bernárdez pueden vincularse al momento fundacional de nuestra Patria Argentina. Porque, como continúa el mismo poeta, “la Patria duerme como un niño, con la cabeza en el regazo de la historia. / Su sueño es dulce y reposado como el que sigue a la virtud y a la victoria”. Y sobre todo, debe remarcarse con el porteñísimo Bernárdez, “la Patria vive dulcemente de las raíces enterradas en el tiempo. / Somos un ser indisoluble con el pasado, como el alma con el cuerpo. / Como la flor con el perfume, como las llamas y la luz con el incendio”.

En la misma nota, cité los dichos de Juan Luis Gallardo, otro argentino contemporáneo –y autor, entre otros libros, de Crónica de cinco siglos. 1492-1992 (Buenos Aires, Vórtice, 2007, 3° edición) –. En “Madre Patria” (La Prensa, 23 de agosto de 2019), Gallardo sostiene que “no por nada llamamos a España nuestra Madre Patria. Porque, como dijo fray Francisco de Paula Castañeda, por Castilla somos gente. A ella le debemos, en efecto, poseer la Fe de Jesucristo, el amor a María Santísima, el empleo de la palabra escrita, el sonoro idioma que nos legó, la aplicación del Derecho, la forja del hierro, la utilización del caballo, del ladrillo y de las tejas, la multiplicación de la ganadería, la ciencia de cultivar el suelo y, en fin, el entronque con la cultura occidental a través de Roma para llegar a Grecia”.

“En mi caso, al menos –agregaba–, no podría pensar la Patria –tomo la expresión del ilustre argentino padre Leonardo Castellani– sin volver a nuestras raíces hispánicas. Dije volver a nuestras raíces hispánicas. Efectivamente, de volver se trata porque nos hemos apartado. ¿Cómo podría explicarse, si no, el proceso de descomposición de nuestro pueblo? Los que mandan le prometen a nuestro pueblo –y, además, no se le cumple–, “alivio en el bolsillo, más empleo y mejor salario”, pero se le adultera el alma”.

Desconozco si al presidente Fernández le importarán o no estas consideraciones. A decir verdad, no es el único dirigente político argentino actual que se revela ignorante respecto de la historia patria. Para ser justos, deberíamos también mencionar al expresidente Mauricio Macri.

No nos resignemos, no obstante, a que nuestros hijos ignoren la historia de su Patria. Si los argentinos tuviéramos un justo conocimiento y, sobre todo, un auténtico amor por nuestra historia nacional que se enraiza en la Hispanidad, resultaría menos probable que se hayan enquistado en la vida política clases dirigentes que carecen que de un auténtico patriótico.

Germán Masserdotti

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