Vale la pena detenerse en uno de los primeros discursos del papa León XIV. Fechado el 17 de mayo de 2025, fue dirigido a los miembros de la Fundación Centesimus Annus pro Pontifice.

En el discurso, el papa se ocupa de varios temas. Uno de ellos es el carácter doctrinal, si vale la repetición conceptual, de la Doctrina Social de la Iglesia. Le preocupa a León XIV distinguir entre la doctrina y el adoctrinamiento. Le interesa ofrecer un sentido prometedor de la expresión “doctrina”. Apunta que sus sinónimos “pueden ser «ciencia», «disciplina» o «conocimiento»”. “Entendida así, toda doctrina se reconoce como fruto de la investigación y, por lo tanto, de hipótesis, de voces, de avances y fracasos, a través de los cuales trata de transmitir un conocimiento fiable, ordenado y sistemático sobre una cuestión determinada. De este modo, una doctrina no equivale a una opinión, sino a un camino común, coral e incluso multidisciplinar hacia la verdad”. Seguidamente, reprueba el adoctrinamiento por inmoral y concluye afirmando que la seriedad, el rigor y la serenidad “son lo que debemos aprender de toda doctrina, incluso de la doctrina social de la Iglesia”.

Llama la atención, respecto de la noción de “doctrina”, uno de cuyos “momentos” serían los fracasos, que ella se aplique a la Doctrina Social de la Iglesia. A primera vista podría parecer, incluso, desilusionador. ¿Fracasos en la misma? La aplicación de la mentada idea de “doctrina” al Magisterio Social de la Iglesia requiere, evidentemente, una explicación, especialmente, en este punto.

Lo primero que conviene recordar es cuál es la naturaleza del Magisterio de la Iglesia una de cuyas manifestaciones es la Doctrina Social. Para tener una idea sumaria puede citarse al Catecismo de la Iglesia Católica que, en este tema, es tanto como decir al Concilio Vaticano II:

85 «El oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios, oral o escrita, ha sido encomendado sólo al Magisterio vivo de la Iglesia, el cual lo ejercita en nombre de Jesucristo» (DV 10), es decir, a los obispos en comunión con el sucesor de Pedro, el obispo de Roma.

86 «El Magisterio no está por encima de la palabra de Dios, sino a su servicio, para enseñar puramente lo transmitido, pues por mandato divino y con la asistencia del Espíritu Santo, lo escucha devotamente, lo custodia celosamente, lo explica fielmente; y de este único depósito de la fe saca todo lo que propone como revelado por Dios para ser creído» (DV 10).

87 Los fieles, recordando la palabra de Cristo a sus Apóstoles: «El que a vosotros escucha a mí me escucha» (Lc 10,16; cf. LG 20), reciben con docilidad las enseñanzas y directrices que sus pastores les dan de diferentes formas”.

Hasta el momento, no pareciera que el Magisterio de la Iglesia pudiera contener “fracasos”. Antes bien, se trata de una garantía que asegura la integridad del depositum fidei.

Entonces ¿por qué podría hablarse de la existencia de fracasos por parte de la Doctrina Social de la Iglesia? Hace falta plantear la relación entre el Magisterio eclesial, la teología, la filosofía y otros saberes.

En este sentido, tanto el Magisterio como la teología parten de la Revelación divina para, en el primero de los casos, enseñar la Palabra de Dios y, en el segundo, mostrar la razonabilidad del depósito de la fe y extraer nuevas verdades a partir del mismo. Como bien enseña san Juan Pablo II en Fides et ratio (14 de septiembre de 1998), la teología “se organiza como ciencia de la fe a la luz de un doble principio metodológico: el auditus fidei y el intellectus fidei. Con el primero, asume los contenidos de la Revelación tal y como han sido explicitados progresivamente en la Sagrada Tradición, la Sagrada Escritura y el Magisterio vivo de la Iglesia (Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Dei Verbum, sobre la divina Revelación, 10). Con el segundo, la teología quiere responder a las exigencias propias del pensamiento mediante la reflexión especulativa” (FR, 65). Como indica la instrucción Donum veritatis (24 de marzo de 1990): “Entre las vocaciones suscitadas de ese modo por el Espíritu en la Iglesia se distingue la del teólogo, que tiene la función especial de lograr, en comunión con el Magisterio, una comprensión cada vez más profunda de la Palabra de Dios contenida en la Escritura inspirada y transmitida por la tradición viva de la Iglesia” (DV, 6).

En cuanto a la filosofía, nuevamente san Juan Pablo II nos ayuda para comprender el servicio que ella le brinda a la teología y, a través de esta última, al Magisterio de la Iglesia. En lo que se refiere a la Dogmática, “sin la aportación de la filosofía no se podrían ilustrar contenidos teológicos como, por ejemplo, el lenguaje sobre Dios, las relaciones personales dentro de la Trinidad, la acción creadora de Dios en el mundo, la relación entre Dios y el hombre, y la identidad de Cristo que es verdadero Dios y verdadero hombre”. En cuanto a la Moral, las mismas consideraciones “valen para diversos temas de la teología moral, donde es inmediato el recurso a conceptos como ley moral, conciencia, libertad, responsabilidad personal, culpa, etc., que son definidos por la ética filosófica” (FR, 66). Otro tanto podría ilustrarse respecto del servicio de la filosofía a la teología fundamental (FR, 67). No debe olvidarse, por último, que la Palabra de Dios establece exigencias irrenunciables a la filosofía como ancilla theologiae. “Para estar en consonancia con la palabra de Dios es necesario, ante todo, que la filosofía encuentre de nuevo su dimensión sapiencial de búsqueda del sentido último y global de la vida” (FR, 81). “Por otro lado, esta función sapiencial no podría ser desarrollada por una filosofía que no fuese un saber auténtico y verdadero” (FR, 82). “Las dos exigencias mencionadas conllevan una tercera: es necesaria una filosofía de alcance auténticamente metafísico, capaz de trascender los datos empíricos para llegar, en su búsqueda de la verdad, a algo absoluto, último y fundamental” (FR, 83).

¿Qué decir sobre “otros saberes” que se ocupan de “lo social”? Aquí llegamos al punto que explicaría los posibles fracasos de la Doctrina Social de la Iglesia. En razón de la materia que ocupa al Magisterio social, éste recurre a las tesis a las que arriban ciencias –en sentido amplio– como la sociología las cuales, en sentido estricto, no cultivan la demostración de nuevas conclusiones “en sentido fuerte” o apodícticas. Se trata de un tipo de conocimiento metódico y sistemático que se ubica en la esfera de la doxa u opinión. Como advierte san Juan Pablo II sobre un tema puntual como la familia en Familiaris consortio (22 de noviembre de 1981): “(…). La Iglesia puede recurrir también a la investigación sociológica y estadística, cuando se revele útil para captar el contexto histórico dentro del cual la acción pastoral debe desarrollarse y para conocer mejor la verdad; no obstante tal investigación por sí sola no debe considerarse, sin más, expresión del sentido de la fe” (FC, 5). Dicho de otra manera, los saberes sociales no filosóficos aportan información pero, por arribar a opiniones, no pueden fundamentar sólidamente la sabiduría cristiana.

Dicho todo esto, es comprensible que pueda hablarse de “fracasos” de la Doctrina Social de la Iglesia en la medida en que se olvida que lo primero que tiene que enseñar la Iglesia son los principios de la vida social a la luz, en primer lugar, de la Revelación divina, y también de la razón natural inspirada en el depósito de la fe y que no puede dejar encandilarse por los aportes de los “saberes sociales” como la sociología.

Para aminorar los riesgos de fracasar, entonces, debe evitarse el sociologismo, “es decir, que en los “documentos sociales” predomine y/o sobreabunden afirmaciones provenientes de las ciencias sociales de modo indiscriminado”. Como se dijo en otra parte, la Rerum novarum (1891) de León XIII, recientemente recordada por la elección pontificia de León XIV, es un documento modélico en cuanto al inteligente uso que hace el Magisterio de la Iglesia en materia social de los saberes humanos comenzando con la filosofía y terminando con las ciencias sociales. La adopción del enfoque teológico (cf. san Juan Pablo II, Sollicitudo rei socialis, 41) es una garantía en cuanto al tratamiento de las realidades sociales a la luz de la divina Revelación. En este sentido, podría afirmarse que la Rerum novarum fue un documento pontificio exitoso y perenne en cuanto a la enseñanza de los principios sobrenaturales y naturales de la Doctrina Social de la Iglesia y a los criterios de juicio de la vida social.

Germán Masserdotti

(Foto: Di Nicolas Weldingh, Unspalsh)

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