
En la carta encíclica Redemptoris missio (7 de diciembre de 1990), san Juan Pablo II afirma que lo que más lo mueve –y con él a toda la Iglesia– “a proclamar la urgencia de la evangelización misionera es que ésta constituye el primer servicio que la Iglesia puede prestar a cada hombre y a la humanidad entera en el mundo actual, el cual está conociendo grandes conquistas, pero parece haber perdido el sentido de las realidades últimas y de la misma existencia” (RM, 2). Y exhorta a los pueblos: “(…). Al acoger a Cristo, os abrís a la Palabra definitiva de Dios, a aquel en quien Dios se ha dado a conocer plenamente y a quien el mismo Dios nos ha indicado como camino para llegar hasta él” (RM, 3). Luego de recordar que la primera forma de evangelización es el testimonio (RM, 42-43), san Juan Pablo II recuerda que el anuncio “tiene la prioridad permanente en la misión: la Iglesia no puede substraerse al mandato explícito de Cristo; no puede privar a los hombres de la «Buena Nueva» de que son amados y salvados por Dios. (…). Todas las formas de la actividad misionera están orientadas hacia esta proclamación que revela e introduce el misterio escondido en los siglos y revelado en Cristo (cf. Ef 3, 3-9; Col 1, 25-29), el cual es el centro de la misión y de la vida de la Iglesia, como base de toda la evangelización” (RM, 44).
Este marco doctrinal nos permite comprender mejor la obra misionera de España en América o, si se prefiere según el título de uno de los libros del historiador argentino Vicente D. Sierra, El sentido misional de la conquista de América. Como resulta sabido la presencia de España en América –y habría que recordar también a Las Filipinas– se justificó en virtud de la empresa evangelizadora que le encomendó la Santa Sede. España fue misionera tanto en lo que se refiere a la Monarquía como en lo que se refiere a la Iglesia. Mejor dicho, se trató de una tarea en común. Este caso, único en la historia, tuvo también sus particularidades. La más notable fue la del régimen del patronato regio. No obstante las dificultades que tuvo el mismo en la práctica en razón de las miserias humanas, lo cierto es que, al menos durante el reinado de los monarcas de la Casa de Austria, sus frutos apostólicos fueron considerables. El santoral católico da cuenta de ello.
Conviene, entonces, ilustrar el “feliz consorcio” entre la Corona española y la Iglesia Católica con dos casos concretos que resultan representativos del sentido misional, no solamente de la conquista, sino también de la pacificación de América. Se trata de Hernandarias y de San Roque González de Santa Cruz.
Hernando Arias de Saavedra, mejor conocido como Hernandarias, puede afirmarse que es el prototipo de gobernante cristiano en la región del Río de la Plata. San Roque González de Santa Cruz, por su parte, puede señalarse como modelo de religioso misionero en las tierras evangelizadas por la Compañía de Jesús.
Hernandarias nació en 1560 en Asunción –actual capital de la República del Paraguay– y falleció en 1631en la misma ciudad. Fue varias veces gobernador del Río de la Plata y, sobre todo, se destacó por su obra con los indígenas en orden a que pudiera cumplirse el mandato evangelizador que obligaba en conciencia a los reyes y sus representantes en América. Como comenta el P. Alfredo Sáenz, S. I., Hernandarias, además de guerrero, juez incorruptible, educador y patriota, fue “constructor de iglesias”: impulsó la reedificación de la Catedral de Asunción. En Buenos Aires, también hizo levantar la Catedral. “En Corrientes erigió ermitas reparó iglesias. En Santa Fe, su ciudad tan amada, colaboró en la construcción de la casa e iglesia de la Compañía, para la que personalmente y también acompañado por sus hijas, llevaba la tierra y con sus manos elaboraba las tejas así como otros materiales necesarios”.
San Roque González de Santa Cruz, por su parte, nació también en Asunción pero en 1576. Francisco, uno de los hermanos de Roque, se casó con una de las hijas de Hernandarias. Desde pequeño, Roque fue un genuino varón piadoso, de lo que da fe, entre otros, fray Luis de Bolaños. Ordenado sacerdote en Asunción a fines del siglo XVI por Hernando de Trejo y Sanabria, obispo de Tucumán y medio hermano de Hernandarias, enseguida se dedicó a la evangelización de los indígenas. Sirviendo un tiempo en la Catedral de Asunción, finalmente pidió ingresar en la Compañía de Jesús, una Orden “en que expresamente se renuncia a las dignidades eclesiásticas”, como observa el P. Alfredo Sáenz, también jesuita, en Heroes y santos (Gladius, Buenos Aires, 1993). Altri tempi! Como religioso también fue ejemplar. Podría resumirse su perfil en pocas palabras: intrepidez; caridad para con los indios; observancia religiosa; grandeza de alma; espiritualidad eucarística; celo por la almas y espíritu mariano. Fundador de varias misiones, en 1615 “invitó al gobernador Hernandarias para que visitase la recién fundada reducción de Itapuá, y luego bajó con él al pueblo de Santa Ana”. Fue martirizado como el p. Alonso Rodríguez, S.I. y el P. Juan del Castillo, S.I. Actualmente, el corazón de San Roque González de Santa Cruz, canonizado por San Juan Pablo II en 1988, se encuentra “en la capilla de los Mártires de Asunción, en el Colegio Cristo Rey, de los Padres de la Cocmpañía de Jesús, juntamente con el hacha de piedra con que lo mataron los verdugos”.
Como puede apreciarse, tanto Hernandarias como San Roque González de Santa Cruz son dos preclaros ejemplares de España en América. Ambos criollos, ambos católicos, el uno representante del poder temporal y el otro sacerdote y religioso, representan ese “dulce consorcio” entre el Estado y la Iglesia en orden a la evangelización de los indígenas. Idea que se refuerza teniendo en cuenta que se conocieron entre sí y articularon esfuerzos para que España, monarquía católica, diera cumplimiento al mandato confiado por la Santa Sede.
German Masserdotti
Buenos Aires
(Foto: Roque González de Santa Cruz, Di http://www.posadas.gov.ar, Pubblico dominio, Wikicommons)
