En “La Nación” (diario, del 15 de mayo) aparece un artículo de Juan Carlos de Pablo titulado: “León XIV: no inferir a partir de muestras pequeñas”, en el cual recomienda fervorosamente la lectura de la encíclica “Rerum Novarum” del papa León XIII, porque se trata de “un escrito contundente. No tanto para aplicar en 2025 de manera literal, sino como documento histórico”.

Hace muchos en la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas de la Universidad Católica Argentina, pronunciamos un discurso titulado “La Encíclica ‘Rerum Novarum’ en sus 90 años”, publicado en la revista “Universitas”.

En el mismo, señalamos que, ante las nuevas circunstancias, pero también ante el prurito de novedades, el Papa Joaquín Pecci no se callaba la boca, ni se lavaba las manos. Pero tampoco se expresaba en forma ambigua, para contribuir a aumentar la confusión generada por las ideologías y las utopías circulantes, sino que, con seriedad y realismo, ubicaba los problemas nuevos en el lugar correspondiente; para ello, extraía de la antigua cantera del derecho natural y de las Sagradas Escrituras, las orientaciones fundamentales que necesitaban las conciencias, no solo de los cristianos, sino de todos los hombres de buena voluntad.

En el cuerpo de la encíclica recordaba los deberes de los patronos y de los obreros, para lograr la armonía de la sociedad humana, mediante la colaboración entre el capital y el trabajo.

También se refiere a los deberes del Estado: promover la prosperidad, defender por igual a todos los sectores sociales, incluidos los proletarios, “partes verdaderas y vivientes que, a través de la familia, integran en cuerpo de la nación y observar la justicia distributiva”.

Y en párrafos de palpitante actualidad señalaba: “lo que más contribuye a la prosperidad de las naciones es la probidad de las costumbres, la recta y ordenada constitución de las familias, la observancia de la religión y de la justicia, las moderadas cargas públicas y su equitativa distribución, los progresos de la industria y el comercio, la floreciente agricultura”.

También recuerda la enseñanza de Santo Tomás de Aquino, quien escribe que “para la buena constitución de una nación, es necesaria también la abundancia de los bienes del cuerpo y externos, cuyo uso es necesario para que se actualice el acto de virtud”.

Interesa mucho al Estado que los proletarios no vivan en la miseria, y por ello deberá “rodear de singulares cuidados y providencia a los asalariados que se encuentran entre la muchedumbre desvalida”.

También la Rerum Novarum se refiere a las condiciones de trabajo, al descanso, a los límites de la jornada laboral, al trabajo de la mujer, al salario, a la propiedad y a las asociaciones obreras.

Volvamos al artículo de Juan Carlos de Pablo, quien después de repetir el error tan común que en 1891, “se inauguró la denominada Doctrina Social de la Iglesia”, acierta en la síntesis de “las cuestiones nítidamente planteadas: 1) La defensa irrestricta de la propiedad privada; 2) La descalificación incondicional de todo tipo de ‘socialismo’ por ser contrario a la naturaleza humana (ejemplos: marchita la creatividad, ignora el esfuerzo, induce a totalitarismo, etcétera); 3) El papel de las organizaciones privadas intermedias, como mutuales, sindicaros, etcétera, pero con enormes limitaciones para no cercenar la libertad individual”.

Comenta el articulista que “el período más lúgubre de la Revolución Industrial, que había comenzado en Inglaterra alrededor de 1770, ocurrió en la primera mitad del siglo XIX. Por lo cual, en 1891, el sentido de la encíclica no era tanto denunciar las penurias del capitalismo, sino evitar la tentación de solucionar los problemas sociales por la vía socialista”.

Para complementar el artículo, señalamos que León XIII dedicó su segunda encíclica titulada “Quod Apostolici Muneris”, publicada en 28 de diciembre de 1878, a la refutación y condenación de los principios fundamentales del socialismo, y que constituye una prolongación de la enseñanza de Pío IX y el Syllabus, sobre sus errores y sus funestos efectos sociales y políticos.

En ella, ante los males que el mundo debía afrontar, cita al profeta Isaías: “Clama a voz en cuello sin cesar. Alza tu voz como trompeta” (58, 1) y denuncia a los gravísimos peligros que amenazan a la sociedad y que provienen de hombres sectarios que “con diversos nombres se denominan socialistas, comunistas y nihilistas… ya que nada hay sabiamente establecido por las leyes humanas y divinas para seguridad y decoro de la vida que quede íntegro o intacto en sus manos”.

Se queja de una situación hoy agravada: “hemos visto a los Estados constituirse sin tener en cuenta para nada a Dios y al orden por Él establecido”, … “el mismo Autor de la redención del género humano se ve necesariamente desterrado poco a poco de las universidades, de los institutos, de los colegios y de todo el ámbito de lo público de la vida humana” (parágrafo 2).

Se refiere luego a la continuidad de la doctrina con referencia a los papas Clemente XII y Benedicto XIV, quienes “no dejaron de desenmascarar los impíos proyectos de estas sectas” (3).

Aclara que “según las enseñanzas evangélicas, la igualdad de los hombres consiste en que, teniendo la misma naturaleza, están llamados a la misma dignidad de hijos de Dios”. Sin embargo, existe una desigualdad de derecho y de autoridad, que deriva del mismo Autor de la naturaleza… quien ha determinado que en la sociedad haya distinción de órdenes diversos en dignidad, en derechos y en poder” (6).

Luego, en un par de parágrafos se refiere a la familia y a la propiedad. La primera, con los principios del socialismo, “queda casi enteramente destruida”; y la propiedad es presentada como “una invención humana contraria a la igualdad natural de los hombres”.

Respecto a la última, la Iglesia manda que el derecho de propiedad, sea mantenido intacto e inviolable en manos de qui en lo posee y que el robo y el hurto han sido condenados por Dios, de modo que no es lícito ni siquiera desear los bienes ajenos (9)

Acabamos con de Pablo: “Vuelvo a León XIV: dejémoslo trabajar, colaboremos en lo posible, y recién después hablamos”.

Buenos Aires, mayo 23 de 2025.                          

Bernardino Montejano    

(Foto: Mani lavoratore, Pexels)    

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