Resulta una obviedad afirmar que la Rerum novarum (5 de mayo de 1891) de León XIII es un documento modélico. Es un caso ilustrativo de cómo deberían escribirse los documentos sociales de la Iglesia. Y esto por varias razones. Una de ellas es la que me interesa destacar en esta nota.

En la carta encíclica, León XIII se ocupa de la “cuestión social” de entonces: la cuestión obrera. Podría decirse, usando una expresión actual, que ella es un “disparador” para formular toda una propuesta de orden social según el derecho natural y cristiano. En torno a la cuestión obrera, el papa Pecci repasa los fundamentos naturales de un recto orden económico al que conecta, a su vez, con el orden político. En este sentido, teniendo en cuenta la mutua relación entre los patrones y los obreros –podríamos decir, los empleadores y los empleados–, el papa se refiere al papel que debe cumplir el Estado en relación a la misma. Se vislumbra, aquí, lo que luego será conocido más explícitamente como el principio de subsidiariedad magistralmente enunciado en la carta encíclica Quadragesimo anno  (15 de mayo de 1931) Pío XI.

Voy al punto de esta contribución. Uno de los motivos por los cuales la Rerum novarum es un documento social modélico es porque propone la Civilización Cristiana como remedio de la cuestión social. Se tratará de una constante en el Magisterio de la Iglesia hasta determinada fecha que ahora no viene al caso mencionar. León XIII se refiere al tema, al menos, en dos oportunidades en este documento.

Luego de justificar la necesidad del Magisterio o Doctrina Social de la Iglesia, León XIII afirma: “Bastará en este orden con recordar brevemente los ejemplos de los antiguos. Recordamos cosas y hechos que no ofrecen duda alguna: que la sociedad humana fue renovada desde sus cimientos por las costumbres cristianas; que, en virtud de esta renovación, fue impulsado el género humano a cosas mejores; más aún, fue sacado de la muerte a la vida y colmado de una tan elevada perfección, que ni existió otra igual en tiempos anteriores ni podrá haberla mayor en el futuro. Finalmente, que Jesucristo es el principio y el fin mismo de estos beneficios y que, como de Él han procedido, a Él tendrán todos que referirse. Recibida la luz del Evangelio, habiendo conocido el orbe entero el gran misterio de la encarnación del Verbo y de la redención de los hombres, la vida de Jesucristo, Dios y hombre, penetró todas las naciones y las imbuyó a todas en su fe, en sus preceptos y en sus leyes. Por lo cual, si hay que curar a la sociedad humana, sólo podrá curarla el retorno a la vida y a las costumbres cristianas, ya que, cuando se trata de restaurar la sociedades decadentes, hay que hacerlas volver a sus principios. Porque la perfección de toda sociedad está en buscar y conseguir aquello para que fue instituida, de modo que sea causa de los movimientos y actos sociales la misma causa que originó la sociedad. Por lo cual, apartarse de lo estatuido es corrupción, tornar a ello es curación. Y con toda verdad, lo mismo que respecto de todo el cuerpo de la sociedad humana, lo decimos de igual modo de esa clase de ciudadanos que se gana el sustento con el trabajo, que son la inmensa mayoría” (RN, 21).

Varias cosas podrían observarse en el texto. Una de ellas resulta actualísima para nuestros tiempos que son de naturalismo y de pluralismo religioso: la centralidad del Misterio de Cristo: “Jesucristo es el principio y el fin mismo de estos beneficios y que, como de Él han procedido, a Él tendrán todos que referirse. Recibida la luz del Evangelio, habiendo conocido el orbe entero el gran misterio de la encarnación del Verbo y de la redención de los hombres, la vida de Jesucristo, Dios y hombre, penetró todas las naciones y las imbuyó a todas en su fe, en sus preceptos y en sus leyes”. Es decir, en el corazón de la Civilización Cristiana está el mismo Jesucristo. Ella no es un mero ordenamiento jurídico o cultural sin un principio vital que la anime. Todo lo contrario: la fuente de la vida de la Civilización Cristiana es el mismo Jesucristo que dijo de Sí mismo: “Soy la Vida” (cf. Jn 14, 6).

En el segundo texto, León XIII afirma: “Tenéis, venerables hermanos, ahí quiénes y de qué manera han de laborar en esta cuestión tan difícil. Que se ciña cada cual a la parte que le corresponde, y con presteza suma, no sea que un mal de tanta magnitud se haga incurable por la demora del remedio. Apliquen la providencia de las leyes y de las instituciones los que gobiernan las naciones; recuerden sus deberes los ricos y patronos; esfuércense razonablemente los proletarios, de cuya causa se trata; y, como dijimos al principio, puesto que la religión es la única que puede curar radicalmente el mal, todos deben laborar para que se restauren las costumbres cristianas, sin las cuales aún las mismas medidas de prudencia que se estiman adecuadas servirían muy poco en orden a la solución. Por lo que respecta a la Iglesia, nunca ni bajo ningún aspecto regateará su esfuerzo, prestando una ayuda tanto mayor cuanto mayor sea la libertad con que cuente en su acción; y tomen nota especialmente de esto los que tienen a su cargo velar por la salud pública. Canalicen hacia esto todas las fuerzas del espíritu y su competencia los ministros sagrados y, precedidos por vosotros, venerables hermanos, con vuestra autoridad y vuestro ejemplo, no cesen de inculcar en todos los hombres de cualquier clase social las máximas de vida tomadas del Evangelio; que luchen con todas las fuerzas a su alcance por la salvación de los pueblos y que, sobre todo, se afanen por conservar en sí mismos e inculcar en los demás, desde los más altos hasta los más humildes, la caridad, señora y reina de todas las virtudes. Ya que la ansiada solución se ha de esperar principalmente de una gran efusión de la caridad, de la caridad cristiana entendemos, que compendia en sí toda la ley del Evangelio, y que, dispuesta en todo momento a entregarse por el bien de los demás, es el antídoto más seguro contra la insolvencia y el egoísmo del mundo, y cuyos rasgos y grados divinos expresó el apóstol San Pablo en estas palabras: «La caridad es paciente, es benigna, no se aferra a lo que es suyo; lo sufre todo, lo soporta todo» (1 Co 13, 4-7)” (RN, 41).

Podría destacarse, en este caso, a quienes son protagonistas de la Civilización Cristiana con una obligación en común: “todos deben laborar para que se restauren las costumbres cristianas”. En razón de la cuestión social planteada por la Rerum novarum, se destacan los patrones y los obreros. La observación de León XIII es muy oportuna porque remite a una idea básica: la vida económica está regulada por la moral natural, en primer lugar, y máximamente, por la cristiana. No existe una autonomía de la economía que la coloque “más allá del bien y del mal”.

La experiencia de releer los documentos magisteriales en general y, en nuestro caso, los sociales, resulta por demás gratificante. Documentos fundamentales como la Rerum novarum de León XIII son una especie de faro al momento de leer e interpretar los pronunciamientos magisteriales posteriores. No obstante ocuparse de un tema puntual como la cuestión obrera, la Rerum novarum lo hace desde las alturas propias del Magisterio de la  Iglesia como depositario de la Revelación divina. Y nos recuerdan que una de esas enseñanzas constantes de la Doctrina Social es la de la Civilización Cristiana.

Germán Masserdotti

(Foto: Di Philip de László – Galleria nazionale ungherese, wikipedia, Pubblico dominio)

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