En estos días se pueden apilar las numerosas interpretaciones que se están dando sobre pontificado de Francisco, junto con auspicios y predicciones de lo que sucederá tras el conclave. Estas consideraciones, aun cuando adopten distintos criterios y aborden diversos aspectos del papado, demuestran una cierta ausencia: la de la teología. Entre los muchos elementos que puedan contribuir a la calificación de un pontificado, es necesario considerar también la línea teológica que encarna, y ponerla a su vez en relación con la línea teológica dominante en la Iglesia en ese preciso momento histórico. En efecto, muy distinto sería si el próximo cónclave confirmara la línea teológica de estos últimos doce años, de si surgiera una línea correctiva.

Acerca de la teología de Francisco se ha escrito mucho. Sin embargo, considerando el asunto de manera sintética, sin entrar en pormenores ni en su “maestros” referenciales que él mismo ha declarado, podemos afirmar que este papa ha llevado a su madurez, sobre todo práctica, las principales demandas del progresismo teológico postconciliar, sin ni tan siquiera apoyarse mucho en el Concilio.

En numerosas cuestiones, Francisco no ha dado respuestas, sino que más bien ha planteado dudas y hecho problemas. Acusó de rigidez a quienes todavía pretendían acudir al papa para ser confirmados en la fe. Impulsó la inquietud de la fe, la insatisfacción y la apertura al cambio, dejándose guiar por el Espíritu, tal como él mismo decía y escribía con frecuencia. No respondió a los Dubia de los cardenales por considerarlos fuera de lugar y ligados a una visión objetiva y estática de las cosas de la Iglesia. Nada nuevo en todo esto: ya Karl Rahner había presentado esta condición: “La revelación natural de Dios consiste propiamente en la existencia de Dios como pregunta (no como respuesta)”, “La experiencia de la trascendencia ha de hacerse haciendo preguntas, poniendo un horizonte finito de interrogaciones” (55).

Al firmar, el 4 de febrero de 2019, el documento de Abu Dabi sobre la fraternidad humana, Francisco declaró que el pluralismo religioso es querido por Dios. Tampoco aquí hay nada nuevo. Hace ya que esta posición había sido preparada por los teólogos. Por citar a uno de ellos, recordemos lo que, en el 2001, escribió Claude Geffré en su libro “Credere e interpretare”: “Debemos reinterpretar el conjunto de los textos de la Escritura y el testimonio de la tradición cristiana a partir de nuestra nueva situación histórica, del pluralismo religioso claramente insuperable”. Con afirmaciones como éstas, nos encontramos más allá incluso que Gesu Cristo incontro alle religioni y que Teologia del pluralismo religioso de Jacques Dupuis. Por lo demás, Rahner también decía que la comunicación de Dios a la humanidad es anterior al hecho religioso y que, por tanto, uno puede ser cristiano (anónimo) eligiendo cualquier religión.

Francisco ha reescrito el Catecismo en lo que respecta a la pena de muerte. La razón alegada fue que la sensibilidad contemporánea ya no la podía aceptar. Geffré dijo que hay que tomar en cuenta la actual situación del pluralismo religioso a la hora de modificar la doctrina de la Iglesia sobre las religiones no cristianas, y Francisco dice que hay que tomar en cuenta la sensibilidad actual sobre la pena de muerte para revisar la doctrina de la Iglesia al respecto. El camino es el mismo: partimos de la situación histórica existente y, a la luz de ella, reformulamos la doctrina. Siguiendo esta línea, también Francisco ha adoptado ciertas conclusiones extremas de la hermenéutica teológica moderna, que, a través de Rudolf Bultmann, Edward Schillebeeckx y Claude Geffré (entre tantos otros), entiende el conocimiento única y exclusivamente como interpretación, y asigna al contexto existencial el valor de un lugar teológico capaz de expresar la comunicación con Dios.

En lo que se refiere a los “cristianos anónimos”, está claro que Francisco siempre se quiso dirigir a todos y no tanto a los católicos, bajo esa idea de que la comunicación de Dios sucede dentro de la historia humana del pueblo, y en especial en los pobres. La Iglesia tenía mucho que aprender y no tanto que enseñar, pues Dios ya estaba obrando en el mundo, como en 1965 escribió Harvey Fox en su famoso libro “La città secolare”. La misma encíclica Fratelli tutti destaca esta visión histórica y existencial de la humana fraternidad, la cual precede y fundamenta la relacionada con el Sacrificio de Cristo. Cuando en sus discursos se dirigió a los movimientos populares, Francisco no ha proporcionado criterios para evaluar su naturaleza y acciones; sino que más bien los ha dejado en sus prácticas habituales. Él solo invita a seguir adelante.

La idea de una Iglesia “en salida” resume todo el recorrido teológico progresista postconciliar. En salida no para evangelizar, sino para ser evangelizada. Esta perspectiva tampoco es nueva; el Padre Chenu, inventor de los “signos de los tiempos”, ya había utilizado esta expresión.

El “todos dentro” de la Iglesia, que se ha convertido en el principal eslogan de este pontificado, ya había sido propuesto en los años setenta por Karl Rahner en su libro “La trasformazione della Chiesa come compito e come chance”. Un legado más de la teología progresista postconciliar. El texto de “Laudato si” está en estricta dependencia de las doctrinas de Leonardo Boff, destacado exponente de la teología de la liberación con orientación al tema ecológico. La teología del pueblo, a la que Francisco decía estar muy ligado, está vinculada a la teología de la liberación de Gustavo Gutiérrez, con quien comparte la visión de la situación existencial como lugar teológico, principio que precisamente en 2007 fue criticado por Benedicto XVI cuando estaba en Aparecida. Esa política de Francisco de abrir procesos, favorecer caminos y conducir a contradicciones dialécticas, encuentra su origen en Hegel, de quien el jesuita Georg Sans escribió en un artículo en La Civilità católica en el 2020 que “la teología ya no debe temerle”. La anulación de la metafísica en la teología, presupuesto propio de las teologías postconciliares dominantes, ha sido confirmada en este pontificado, incluso en la Constitución Veritatis gaudium sobre las universidades y facultades eclesiásticas del 29 de enero de 2018.

Con Francisco, los aspectos principales de la teología vanguardista han sido asumidos por los altos cargos de la Iglesia. Si en un futuro no cambia el marco teológico de fondo, podrán variar aspectos marginales, pero no sustanciales.

Stefano Fontana

(Foto: Di Alfredo Borba – Opera propria, CC BY-SA 4.0, wikipedia)

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