Nota editorial. En este momento, Europa no está haciendo una buena impresión en el mundo, y entre la Unión Europea y la Europa real, la brecha se está ampliando. El proyecto de rearme agrupa en sí las peores tendencias ideológicas presentes en el continente. Se quiere aprovechar una emergencia que no existe para endeudar a los países miembros e inducirlos a ceder todavía más y en modo definitivo su propia soberanía a una invención artificial como lo es la UE, la cual no representa más que una libertad vacía de contenido. En este preocupante momento histórico, encaja muy bien nuestro último informe sobre laDoctrina Social de la Iglesia en el mundo [ver aquí], titulado “El fin de Europa. ¿Un epitafio para el viejo continente?” (Cantagalli), que anticipó el panorama y que, lamentablemente, está encontrando amplia confirmación en los hechos. La esperanza es que Europa no siga el camino de la Unión Europea. Publicamos a continuación el resumen introductorio del informe escrito por los curadores Riccardo Cascioli y Stefano Fontana.
Todos esperamos, o tal vez nos ilusionamos, que la salud de Europa no esté completamente comprometida y que no tengamos que escribir un epitafio sobre su tumba, que aquellos que ya la dieron por muerta hace tiempo hayan sido demasiado apresurados, que la destrucción de los recursos espirituales, humanos y materiales producidos en ella no tenga realmente la magnitud que resulta en los balances en números rojos. Sin embargo, que esté en un gran declive, que su enfermedad esté progresando rápidamente y que junto a su lecho muchos médicos que deberían salvarla, la inviten al suicidio o estén planeando su eutanasia es algo absolutamente cierto. Este 16º Informe del Observatorio usa palabras claras y lleva a cabo un diagnóstico implacable del enfermo grave que permite identificar el virus que lo está matando. Europa se está empobreciendo en términos de recursos energéticos, en su capacidad productiva y en su dependencia de las finanzas globales; ya es “el hospicio de Occidente” por el envejecimiento de su población, hace suya la cultura de la muerte y quiere la extinción programada de sus propios hijos, acoge indiscriminadamente dentro de sus fronteras a quienes la odian, opera políticas de control y vigilancia sobre sus propios pueblos, difunde la cultura de una libertad vacía de contenido y se jacta de fundar dicha civilización sobre este vacío, se ha dividido a sí misma entre oriente y occidente trayendo la guerra a su propio suelo, alimenta en las sociedades europeas conflictos agudos que cada vez más se asemejan a guerras civiles, deconstruye su pasado y se avergüenza de su verdadera alma, ya no cree en nada, ha creado dentro de la Unión Europea una estructura ideológica y artificial que la sofoca, combate todas las sociedades naturales desde la familia hasta las naciones, condena como populismo cualquier reacción a favor de un sistema político e institucional opresor y totalitario, invoca el Estado de derecho como uno de sus pilares propios pero tiene la intención de constitucionalizar el derecho al aborto, ha decretado que todos los ciudadanos están enfermos y ahora está poniendo la salud en manos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), no solo tolera sino que alimenta una verdadera persecución del cristianismo en el continente: desde la quema de iglesias en Francia hasta el arresto de quienes han cuestionado la infame puesta en escena de los Juegos Olímpicos de París.
La insuficiencia energética de la Unión Europea, que comenzó precisamente en este terreno con la CECA, es un hecho cuyas causas no son geográficas sino políticas, al igual que el aumento del precio del gas después de la guerra con Ucrania, el desmantelamiento de la industria manufacturera, la crisis industrial de la locomotora alemana. El aumento de los costos de la energía, los proyectos de un aumento en la inversión militar, el continuo descenso de la producción de riqueza, la disminución de la capacidad para atraer capitales, plantean el problema del aumento de los ingresos propios de la UE, lo que, sin embargo, creará muchas dificultades para la cohesión interna y la estabilidad de los equilibrios sociales. La política agraria europea, en línea con el Gran Reset y con otros muchos intereses económicos privados y agravada por la insensatez de muchos gobiernos individuales como el holandés y el alemán, ha producido pobreza, desigualdad y protestas por parte de los agricultores, que han contribuido a cambiar el panorama político en muchos países.

El Informe nunca identifica Europa con la Unión Europea, aunque se ve obligado a hablar largo y tendido de esta última porque es precisamente la Unión la que priva a Europa de su pueblo, despojándola de sus pueblos. En la Unión Europea está en marcha un proyecto sistemático de pedagogía de masas que utiliza la larga experiencia americana en este sector y que se apoya en las nuevas tecnologías. Los pueblos europeos están controlados, vigilados y sus vidas son dirigidas desde arriba. En la Unión, la democracia es una farsa, como pudimos comprobar en las últimas elecciones para el Parlamento de Estrasburgo. El “gobierno” europeo es en realidad una gobernanza cogestionada por tres grandes actores: los actores del Deep State europeo, la nomenclatura corporativa de la Unión, donde suelen acabar personajes que han fracasado en sus respectivos países y que son reutilizados en Bruselas, y los representantes de los gobiernos nacionales. Los ciudadanos no tienen voz alguna en un sistema ya montado. Quienes decidieron el Great Reset, el Green Deal y la transición ecológica y digital en Europa no fueron los ciudadanos europeos, sino los poderosísimos actores del Estado profundo, como el Forum de Davos, o las Fundaciones globalistas, el aparato corporativo de la administración europea y los gobiernos más influyentes, hasta hace poco Francia y Alemania, aunque según muchos observadores, la crisis actual perfila configuraciones diferentes.
El Informe examina la creciente degradación de algunas naciones europeas. En los países escandinavos, el modelo socialdemócrata está en fase terminal: Suecia paga a los inmigrantes para que se vayan. En Alemania, las políticas verdes y el apoyo a la inmigración, iniciado por Schröder y continuado por Merkel bajo la atenta vigilancia de los Verdes, han desmontado una economía que hasta hace poco era de vanguardia, debilitando la locomotora de Europa, desmintiendo una clase dirigente, dividiendo al país que ahora se encuentra en medio de convulsiones sociales. Holanda se ha colocado tristemente a la vanguardia en la legislación funeraria deshumanizada acerca de la vida y la familia, mientras que la ideología ecologista de su gobierno liberal ha aplicado políticas económicas, y en particular agrícolas, ilógicas y destructivas. Polonia se ha convertido en rehén de un gobierno liberal apoyado en su regreso al poder por la Comisión de la Unión Europea, con la intención de destruir el catolicismo de la nación polaca e imponer, incluso con violencia, el desprecio por la ley y el control de la información, rápida transición hacia el relativismo y el laicismo. España ha vivido en solo cuatro décadas, con los gobiernos socialistas de Zapatero y Sánchez, y sin ningún contraste significativo por parte del Partido Popular de Aznar, una revolución de manual en el abandono sin más remordimientos de la sociedad cristiana que la caracterizaba hasta los años 70 del siglo pasado. La España de hoy se ha convertido en un país plenamente alineado con los estilos de vida de un Occidente moribundo. Francia ha conocido con las presidencias de Hollande y Macron una aceleración de su descomposición ética y social, con leyes que golpean incluso a quienes “interfieren” con el aborto y con las mismas Olimpiadas utilizadas como propaganda woke, y ha tenido que experimentar enfrentamientos en las plazas, como los de los Chalecos Amarillos y los agricultores, y repuntes del terrorismo islámico.
En el plano cultural y espiritual, Europa ahora es un gran hospicio para ancianos ya no autosuficientes, por aquí un gran parque de diversiones donde las personas piensan en los circenses, por allí un gran museo de antigüedades útiles para el turismo de masas, acá una casa de cuidado como la descrita por Thomas Mann en “La montaña encantada” donde todos deben ser cuidados porque son enfermos por estatuto y donde el poder se encarga de todas las atenciones paliativas, incluso preventivas, no solo con las vacunas impuestas sino también con la programación genética en laboratorio de una humanidad sana a priori. Quizás Europa sea más precisamente todo esto junto. Europa está en guerra contra la ley natural, quiere desalojar la religión del espacio público o transformarlo en un supermercado religioso indiferente, apoya las reclamaciones narcisistas más extremas e inmotivadas, financia la deconstrucción de la moral sexual, conyugal y procreativa incluso utilizando el programa Erasmus. Un giro histórico, un completa subversión de la justicia, ha tenido lugar con la constitucionalización del aborto en Francia y con la votación favorable de este en el Parlamento Europeo. Con esto, la cultura de la muerte se ha instalado oficialmente en los bancos del poder. Hay una masiva concentración de fuerzas para educar al hombre europeo según las deformaciones de Bruselas.
El Informe también examina las posiciones adoptadas por los obispos de la Iglesia católica en Europa. La Comisión de Obispos de la Unión Europea en Bruselas (Comece), los del Consejo de Conferencias Episcopales de Europa (CCEE), y las Conferencias Episcopales nacionales han adoptado una actitud de ciega alineación a las políticas del poder oficial en cuatro áreas: la ideología de género, la agenda sanitaria, la agenda climática y la idea de Europa. En cuanto a la ideología de género, la apertura de los obispos europeos a las presiones en curso ha sido notables, ya que se han adaptado incluso al lenguaje impuesto por el diccionario oficial y han aplicado sin discusión, con la rara excepción de alguna Conferencia Episcopal, las confusas indicaciones pastorales de la declaración Fiducia supplicans. Muchos obispos europeos y presidentes de Conferencias Episcopales han aceptado el reconocimiento de parejas homosexuales, “familias arcoíris” e incluso la familia queer, sosteniendo que lo “importante es quererse” y abriendo el camino para la aceptación del transexualismo. En cuanto a la agenda sanitaria, en la conocida emergencia del Covid-19, los obispos – con fundamento en dos documentos bastante problemáticos publicados por la Pontificia Academia para la Vida y del Dicasterio para la Doctrina de la Fe – se alinearon a las estrategias sanitarias decididas por otras sedes, negaron la evidencia científica a la par que sustituían la fe por la ciencia de los virólogos de la televisión, callaron la razón sobre importantes principios morales y actuaron directamente sobre el clero y los fieles con exhortaciones y chantajes para garantizar una vacunación masiva, dejando a las personas en el miedo, la ansiedad y la subordinación al poder. Con respecto a la agenda climática, los obispos adoptaron sin discusión tesis improbables y controvertidas, como las del calentamiento global antropogénico, y se comprometieron a dirigir al pueblo católico hacia una colaboración sin preguntas en cumplimiento de los objetivos de la ONU para el año 2030 que, como todos saben, están dirigidos a la realización del Gran Reset. Finalmente, en cuanto a la idea de Europa, las dos Comisiones Episcopales de los obispos europeos (Comece y CCEE) se alinearon con la ideología europeísta y desempeñaron el papel de capellanía de la Unión Europea, citando rara vez y de manera lejana algunos temas candentes, pero evitando hacer críticas sustanciales, identificando incluso la Unión con Europa, impulsando el voto en las elecciones al Parlamento, criticando el llamado “populismo” y minimizando el gran desacuerdo que las elecciones recientes han puesto al descubierto. En los cuatro ámbitos, los obispos católicos han mostrado el rostro de una Iglesia “inútil”, ausente, afásica y olvidadiza de su propia Doctrina Social. La crisis de Europa es también la crisis de la Iglesia católica en Europa.
Entre las muchas sugerencias que el informe propone para evaluar la situación europea, hay una particularmente importante. El primer enemigo de Europa está dentro de Europa y no fuera. Le tocó a Francia mostrar su rostro demoníaco, tanto con la constitucionalización del aborto como con la horrenda blasfemia puesta en escena en los Juegos Olímpicos. Aquí en Europa nació la civilización cristiana, pero también nació su opuesto. Como escribió Joseph Ratzinger, de acuerdo con otros filósofos y teólogos eminentes, aquí nació por primera vez en la historia una cultura no derivada de una religión, sino, al contrario, de la negación de Dios. El ateísmo y la irreligiosidad no fueron importados a Europa desde fuera, sino que nacieron aquí, y por eso se habló de una “nueva evangelización”, expresión que ya se ha olvidado: el problema nació aquí y aquí debe enfrentarse y resolverse. Como se puede ver, el problema de Europa también remite a una teología de la historia.
Hoy en Europa opera un poder amplio y coordinado, aparentemente invencible pero no por eso omnipotente. En la Iglesia nacen nuevas realidades que no están dispuestas a cancelar la obligación de respetar los principios no negociables en la plaza pública, una sana religiosidad popular persiste bajo las actualizaciones arriesgadas de los altos mandos eclesiásticos, la conciencia crítica sobre la existencia de un potente sistema de control está aumentando, se observa también una cierta recuperación de conceptos e ideas propias del derecho natural, en Europa oriental algunas naciones, aunque de forma no siempre coherente, intentan establecer alianzas contrarias al sistema imperante, la expansión de la Unión Europea hacia el Este encuentra diversas dificultades, muchas voces se alzan para criticar las decisiones ideológicas en el campo económico y sus repercusiones sobre los ciudadanos, lo que abre muchos ojos, y surgen de diversas maneras pensamientos alternativos y también obras concretas que intentan moverse libremente en relación con el sistema que agrupa y condiciona. Este 16º Informe es un diagnóstico, pero también un llamado a no resignarse, a valorar lo que queda de bueno que no es insignificante, a restaurar lo que ha sido irresponsablemente destruido, a aprovechar la Doctrina Social de la Iglesia entendida como instrumento de evangelización dirigido a ordenar a Dios las cosas temporales.
Riccardo Cascioli, Stefano Fontana
Trad. José Ignacio Romero Lerma
