Desconocemos si el padre Gabriele Davalli sabía que al bendecir a una pareja de homosexuales en la iglesia de San Lorenzo de Budrio, como hizo el pasado sábado 11 de junio, estaba borrando de un plumazo, entre otras muchas cosas, la Doctrina Social de la Iglesia.

Ni siquiera sabemos si había advertido que, al hacerlo, también estaba eliminando de un plumazo la pastoral familiar, aunque esté al frente de la oficina diocesana de Bolonia, la diócesis del presidente de los obispos italianos, el cardenal Matteo Zuppi.

En efecto, sin la Doctrina Social de la Iglesia y, por tanto, sin la pastoral social, es muy difícil hacer pastoral familiar. Don Davalli es joven y tal vez no recuerde que a principios de los años 90 la Pastoral Social de la Conferencia Episcopal Italiana (director monseñor Giampaolo Crepaldi) publicó el Directorio de la Pastoral Social «Evangelizar lo social» y, al mismo tiempo, la Oficina de Pastoral Familiar de la Conferencia Episcopal Italiana (director monseñor Renzo Bonetti) elaboró el Directorio de la Pastoral Familiar. Un signo combinado de una época que ya no existe. Un puñado de años -y de «bendiciones»- y ya no queda ni rastro de ese mundo.

Bendecir a las parejas homosexuales en la iglesia es matar la Doctrina Social de la Iglesia, anularla haciéndola imposible, negarla en su raíz. Pero cuidado: si la Iglesia hace esto significa que se retira del mundo y deja de querer evangelizarlo, porque para eso está la Doctrina Social de la Iglesia: para que la Iglesia se quede en el mundo para evangelizarlo. La bendición de las parejas “homo” le quita a la Iglesia el «derecho de ciudadanía» en la plaza pública porque le quita la posibilidad de referirse en sus intervenciones a un orden de verdad que es también natural.

Bendecir a una pareja gay, bendecir a dos personas en tanto que pareja, significa reconocer una dignidad ética y religiosa a ser una pareja homosexual practicante. Esto supone negar que en el ámbito del ejercicio de la sexualidad exista un orden finalista que caracteriza la naturaleza de la persona y por tanto sus relaciones. Significa aceptar la sexualidad como una autodeterminación y no como una vocación que nos llama a respetar las inclinaciones naturales y a rechazar las antinaturales. La expresión «inclinación natural» pierde el sentido de una tendencia que responde a los fines de la naturaleza humana (como cuando se dice: «pertenece a la naturaleza humana vivir en sociedad»; o «pertenece a la naturaleza humana buscar la verdad»…) y adquiere el de un impulso instintivo. El que cree que se está autodeterminando, en realidad está determinado por otra cosa.

Todo esto implica que el orden del matrimonio, la familia, la procreación y la educación (que es una extensión de la procreación) ya no es un orden sino una elección personal basada en la coherencia con uno mismo (autenticidad) y no con algo que nos precede y da sentido a lo que hacemos (verdad). Los efectos negativos de esta visión no se limitan a los ámbitos que acabamos de ver, sino que son destructores de muchos otros campos de la vida social, porque si el principio germinal de la sociedad -es decir, la pareja- no responde a ningún orden finalista, sino que es una creación artificial de los sujetos a partir de sus pulsiones, todos los demás campos de la vida comunitaria tendrán también la misma estructura, desde el trabajo a la economía, desde la educación a la política. La libertad se separará definitivamente de la verdad y adiós Doctrina Social de la Iglesia.

Al bendecir a las parejas homosexuales, la Iglesia pasa por alto el hecho de que la homosexualidad es una forma de violencia (aunque sea consensual) porque es una herida al orden finalista de la naturaleza humana, es una instrumentalización técnica mutua. Por lo tanto, acepta que la sociedad se basa en la indiferencia hacia la violencia. A continuación pasa por alto que esto acaba legitimando la inseminación artificial, los vientres de alquiler y la transformación del niño en una «cosa». Al bendecir a una pareja homosexual, la Iglesia abre la puerta a prácticas inhumanas, colabora en la deconstrucción y no en la construcción.

Yendo más allá, niega el derecho natural y la ley moral natural, que son la base, junto con la revelación divina, de la doctrina social de la Iglesia. La revelación dejaría así de tener un interlocutor veraz en la razón, abandonando el plano natural a sí mismo. El carácter protestante de tal planteamiento es evidente: una fe que ya no pide a la razón la verdad, sino exigencias individuales e infundadas, es una fe que ha perdido ella misma la idea de ser verdadera y que se ha convertido ya en fideísmo.

Si la Iglesia renuncia a referirse, tanto por razones de fe revelada como de razón, a un orden finalista de la naturaleza y de la naturaleza humana en particular, entonces renuncia a referirse a la creación y al Creador. Si ya no es capaz de ver el orden de las cosas, entonces las cosas ya no le hablan de Aquel que las creó, como ha pretendido desde San Pablo hasta la víspera de la bendición gay de Budrio. Surge un conflicto entre las exigencias del Dios Creador y las del Dios Redentor, lo que, como sabemos, es un claro indicio de gnosticismo.

No sabemos si el padre Gabriele Davalli se percataba de que, con el asesinato de la Doctrina Social de la Iglesia, la fe católica se vuelve protestante y gnóstica.

Stefano Fontana

infovaticana.com

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