“Con su enseñanza social, la Iglesia quiere anunciar y actualizar el Evangelio en la compleja red de las relaciones sociales. No se trata simplemente de alcanzar al hombre en la sociedad -el hombre como destinatario del anuncio evangélico-, sino de fecundar y fermentar la sociedad misma con el Evangelio (Gaudium et spes, 40). Cuidar del hombre significa, por tanto, para la Iglesia, velar también por la sociedad en su solicitud misionera y salvífica (…). La sociedad y con ella la política, la economía, el trabajo, el derecho, la cultura no constituyen un ámbito meramente secular y mundano, y por ello marginal y extraño al mensaje y a la economía de la salvación”, afirma el Compendio de la Doctrina social de la Iglesia (CDSI, 62).

Esta consideración del Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia puede formularse, también, de este modo: es necesario que Jesucristo reine en las sociedades.Por esto, como enseña Pío XI, “no hay medio más eficaz para restablecer y vigorizar la paz que procurar la restauración del reinado de Jesucristo”.

La Iglesia no solamente tiene el derecho de evangelizar las sociedades, incluidas las políticas, sino y sobre todo, por mandato del mismo Jesucristo, el deber de hacerlo.

“Este derecho es al mismo tiempo un deber, porque la Iglesia no puede renunciar a él sin negarse a sí misma y su fidelidad a Cristo: «¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!». La amonestación que San Pablo se dirige a sí mismo resuena en la conciencia de la Iglesia como un llamado a recorrer todas las vías de la evangelización; no sólo aquellas que atañen a las conciencias individuales, sino también aquellas que se refieren a las instituciones públicas”.

Como recuerda san Juan Pablo II en Centesimus annus (01/05/1991): “La doctrina social, especialmente hoy día, mira al hombre, inserto en la compleja trama de relaciones de la sociedad moderna. Las ciencias humanas y la filosofía ayudan a interpretar la centralidad del hombre en la sociedad y a hacerlo capaz de comprenderse mejor a sí mismo, como `ser social`. Sin embargo, solamente la fe le revela plenamente su identidad verdadera, y precisamente de ella arranca la doctrina social de la Iglesia, la cual, valiéndose de todas las aportaciones de las ciencias y de la filosofía, se propone ayudar al hombre en el camino de la salvación”.

Para lograr el restablecimiento del orden social en Jesucristo, conviene recordar ahora que los laicos, en razón de nuestra condición de bautizados, somos miembros de la Iglesia. Por este motivo, los principales responsables para que Cristo reine en el orden social, en particular en el político, somos los laicos.
No obstante, los pastores tienen sus deberes y su propia responsabilidad en el cumplimiento de la misión evangelizadora, la denominada consecratio mundi (Vaticano II, Lumen gentium, 34) es propia de los laicos católicos.

En este sentido, los miembros del laicado católico deberíamos hacer un profundo examen de conciencia a la vista de la creciente descristianización de nuestra querida Argentina. Si Cristo no reina en la cultura, en las costumbres, en las leyes y en los grupos sociales, incluido el político, es por nuestra culpa, se explica por nuestra falta de unidad de vida, por haber adoptado, conforme a la mentalidad de este mundo, el axioma liberal de separar el ámbito privado del público.

Nos hemos convertido en “católicos de sacristía”. Los malos ejemplos de católicos dedicados a la política que no tienen unidad de vida sobran, lamentablemente, y no hace falta remontarse a los siglos pasados. Sin olvidar, por cierto, el incumplimiento del deber apostólico y la responsabilidad de los pastores católicos en la descristianización de nuestra querida Patria.

Además de nuestras propias debilidades, de otra manera no se explicaría, entre otros síntomas, la ausencia de auténtico sentido militante de la vida del laicado católico. Por lo dicho arriba, los miembros del laicado católico ¿podríamos conformarnos con “cambiar el modelo de desarrollo global” como tarea de nuestro apostolado social? ¡Ay de nosotros si no evangelizáramos a nuestra querida Argentina!

Por Germán Masserdotti

image_pdfSalvare in PDF

Autore