Vuelven los Tribunales especiales de los totalitarismos.

Declaración del Observatorio Cardenal Van Thuân sobre la Doctrina Social de la Iglesia.

 

El 28 de julio de 2017 al pequeño Charlie Gard se le ha suspendido la ventilación y el niño ha fallecido. La muerte inducida ha ocurrido en una sala de un hospital de cuidados paliativos cuya ubicación, por disposición de las autoridades judiciales, se ha mantenido secreta.

Casi todos los órganos de prensa, por desgracia también los católicos, han informado de la muerte de Charlie como si el fallecimiento hubiera estado causado por el recorrido natural de la disfunción que afectaba al pequeño; ninguno ha informado correctamente que el niño ha sido asesinado. De hecho, se ha tratado de un caso evidente de eutanasia infantil, puesto que a Charlie se le ha suspendido la ventilación. Ésta no debe considerarse en absoluto una terapia –como tampoco lo son la hidratación y la alimentación–, y no provocaba dolor. Los médicos y los familiares no han acompañado al pequeño en su muerte natural. Charlie ha sido asesinado porque alguien ha decretado que su vida ya no tenía sentido.

En la base hay una ley y una sentencia judicial. Eluana Englaro fue asesinada sin que hubiera una ley; sólo había una sentencia. Predisponer leyes sobre el final de la vida debería tener el objetivo de evitar este tipo de sentencias; en cambio, las cosas se han invertido y ahora este tipo de sentencias de muerte se emiten bajo la protección de la ley.

Es terriblemente grave que las leyes del Estado, a través de una sentencia de un tribunal, decidan sobre la vida y la muerte. Nuestras democracias occidentales han restaurado los tribunales especiales que habíamos conocido durante las dictaduras totalitarias. Nadie es dueño de la vida, nadie puede decidir cuándo vale y cuándo no: si la política se apropia de este derecho establece un criterio arbitrario ante el cual no se podrá pretender la objeción de conciencia; la única opción que quedará será doblegarse al poder.

El pequeño Charlie no estaba siendo sometido a ensañamiento terapéutico: de hecho, no es ensañamiento terapéutico mantener en vida a una persona o acompañarla con cuidados paliativos hacia su muerte natural. La ley ha impedido a los padres intentar nuevos tratamientos experimentales, haciendo que se perdiera un tiempo precioso; incluso les ha impedido que se llevaran a su hijo a casa, tal vez por miedo a que no lo desconectaran; ha decretado que su asesinato se llevara a cabo en un lugar que había que mantener secreto, para así evitar manifestaciones de protesta y mantener alejada a la prensa que, de hecho, ha demostrado ser servil. Tanto el contenido de toda esta maquinación, como las modalidades de ejecución, merecen todo nuestro desprecio.

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