
Acerca de las muchas preocupaciones relativas a la situación de Ucrania, de las tensiones internacionales actuales y de las hipótesis del llamado y no especificado “rearmamento de Europa”, nuestro Observatorio propone cuatro simples observaciones.
Entender bien que está sucediendo
Para evitar valoraciones de parte, reductivas o instrumentales es necesario tener en cuenta un marco completo del problema. Algunas de las responsabilidades de lo hasta ahora sucedido han sido evidenciadas por ambas partes, pero muchas otras no han salido a la luz o se resisten a ser tomadas en consideración. Hechos de esta proporción no encuentran explicación en modo sincrónico, esto es, en base a cuanto está sucediendo, sino en modo diacrónico, lo que obliga a reconstruir un marco complejo de sucesos y a recordar el comportamiento de muchos actores. Ya que la guerra también se hace con los medios de comunicación, es necesaria una prudente cautela para poder señalar a los culpables. Más sabio es delinear un marco complejo de responsabilidades y buscar superar ciertos prejuicios contradictorios. No hay hechos que merezcan ser retenidos como absolutos con respecto a otros. No se trata de evitar señalar a los culpables, sino de evitar señalar AL único y absoluto culpable y, una vez identificado y condenado, dejar tranquila nuestra conciencia.
El entramado de alianzas
La política internacional ha de gestionar con sabiduría el entramado de alianzas. La aceptación de un País en una alianza ya militar, como la OTAN, ya económico-política, como la Unión Europea, conlleva graves consecuencias de distinto tipo, sobre todo cuando estas alianzas exigen el ser replanteadas. En momentos de tensión y de perspectivas poco claras es aconsejable no dar pasos que, en este ámbito, exasperen las relaciones en tal manera que alguno pueda sentirse amenazado. Incluso la cuestión de los “confines” se tiene que afrontar con prudencia, aprendiendo con realismo de todo cuanto en este campo ha sucedido en Europa oriental, con miras a las exigencias de los pueblos aun más que a la de los Estados. En todo caso, no está bien poner sobre las espaldas de un País, cualquiera que este sea, un peso mayor de cuanto pueda soportar su integridad.
Las políticas de rearme
Suele suceder que la carrera armamentista esté motivada por causas distintas a la presunta amenaza de un enemigo y es presagio de enfrentamientos cada vez más destructivos. Nos armamos para resolver otras crisis de carácter económico, o para llevar al campo de batalla tensiones presentes en la misma sociedad, para apropiarse de un botín de guerra de distinta naturaleza, o para mantener vivas, con la excusa de la situación de emergencia, estructuras políticas que están en declive. Las políticas de rearme no garantizan siempre y automáticamente la propia seguridad, sobre todo cuando preocupan a otros que se sienten amenazados. La seguridad se puede garantizar de otro modo. Estamos en contra de la creación de una “defensa común” de la Unión Europea que repetiría errores ya cometidos recientemente y que conduciría un potenciamiento de la misma Unión hasta el punto de transformarla en un super-Estado (en añadidura militarizado) precisamente en el momento en que se debería replantearse críticamente dicha unión.
La vía del pánico
Pensar fundar la propia riqueza en el rearme significa abrazar la vía del mal. Sin negar el ejercicio de un prudente derecho a la defensa, las armas no son productos como otros cualquiera, no están al servicio del hombre: sirven para matar, mutilar y destruir. Más aun en una época en la que las armas nucleares y la biotecnología ponen en peligro el mismo equilibro de la creación. Su uso produce horrores tales que su duración trasciende la vida de aquellas generaciones que se hacen responsables, iniciando una cadena de odio que se retroalimenta con el pasar del tiempo. Las armas constituyen esencialmente una cosificación del mal. Aprovechar la oportunidad industrial que se nos ofrece actualmente para alejar de nosotros una crisis indudablemente gravísima responde a la lógica humana. Aunque la Escritura nos advierte: “Maldito el hombre que confía en el hombre” (Jr. 7, 5)
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