
La democracia europea demuestra, cada vez más, tener una farsa a la base. Las recientes elecciones políticas en Alemania lo han evidenciado una vez más. Los partidos que han perdido irán con gran probabilidad al gobierno con el partido que ha vencido. Quien ha conseguido tan solo un puñado de votos obtiene el mismo resultado del quién consiguió la mayoría. Así ha sucedido después de las elecciones al parlamento europeo. Incluso en el caso de los socialdemócratas y verdes, muy reducidos en las urnas, han sido integrados entre las mayorías de Estrasburgo y en el “gobierno” (las comillas en el caso de la Unión son de uso obligatorio) de las Von del Leyen. Está también el hecho de que, dada la gran abstención del voto por la difusa desafección por motivos diversos, quien viene elegido recoge tan solo una pequeña parte del electorado. Las porcentuales de consenso que abanderan los partidos afectan no ya a los que tienen derecho a voto sino a cuantos se han acercado a las urnas, por lo que constituyen la mayoría de una minoría, es decir, minoría también ellos. El principio de mayorías pasó a ser el principio de minorías. A esto, añadir el problema del “parlamentarismo”, orgullo de las democracias europeas pero que también se rige sobre otra farsa. El parlamentarismo, principio según el cual la centralidad de la vida política residiría en el parlamento, da lugar a aquello que ha sucedido en Estrasburgo y que probablemente sucederá en Berlín, esto es, llegar a acuerdos para establecer una mayoría que integre también a los perdedores. Es evidente que todo esto socava la democracia y lo más gracioso es que lo hace democráticamente.
No hemos de pensar que esta magia democrática, por la que quienes pierden gobiernan, sea casual. Tiene como base una farsa, o más bien más de una, que caracteriza su naturaleza. Si se mira en profundidad, nuestra democracia no es más que una farsa. Uno de los filósofos políticos que ha influenciado en modo particular la reciente democracia europea ha sido Hans Kelsen. Jurista y politólogo “positivista”, negador de la existencia de un derecho natural. Del parecer de Max Weber, tenía también la idea de que los valores fuesen solo actos de voluntad y defendía una “doctrina pura del derecho”, donde por “pura” entendía justamente una doctrina privada de valores y derivada solo de una Grundnorm, o norma fundamental, simplemente puesta por el poder.
En su obra “La democracia”, durante los años Veinte del siglo pasado, el justificaba como primera farsa, el paso de la democracia directa a la democracia participativa. Constituye una farsa por el hecho de que la voluntad de todos viene cedida a la voluntad de algunos que se retiene, falsamente, idéntica expresión de la voluntad general. Es verdad que para Rousseau la voluntad general no es sinónimo de mayoría numérica ni de la expresa voluntad de todos, pero para una visión positivista como la de Kelsen era necesario que fuera así, ya que de otro modo se caería en las manos de valores absolutos independientes del voto de los ciudadanos como sucede en los totalitarismos. Así, primero se fuerza a fingir que la voluntad de quien se acerca a las urnas tenga el valor de la voluntad de todos, y secundariamente se fuerza a fingir que la voluntad de los elegidos representa la voluntad de todos. Se trata de una doble ficción procesal que, para Kelsen, no contradice los presupuestos democráticos porque posibilitaría la aplicación en el concreto del pacto inicial por el cual los ciudadanos conforman la sociedad. Surge otra farsa, de hecho, la más importante, ya que este supuesto pacto, por el cual los ciudadanos habrían dado vida a la sociedad sometiéndose a una norma fundamental puesta por el poder en sus normas, nunca ha existido. Tres son las farsas a las que hemos llegado. De todas ellas, la principal es esta última, ya que es la fundadora a la que suceden las otras como consecuencia.
Al inicio de la Doctrina social de la Iglesia, pontífices como León XIII habían puesto en evidencia cómo la democracia liberal fuese en sí misma una farsa. Habían dicho que el error originario estaba en fingir que el pueblo fuese “moderador de sí mismo”, como si éste fuese, aun utilizando un presunto pacto, el origen y fundamento de la vida social. Según esto, quién está sometido al orden social sería también su mismo autor. De este modo se pensaba dar todo el poder al pueblo, pero luego se fingió que de los elegidos por el pueblo igualmente expresaban por convención la voluntad del pueblo, más tarde se fingió que esta delega era válida aun cuando se hiciera por exigua minoría, y finalmente que fuese plenamente democrática aun cuando se hiciera por medio de una alianza con cualquier tipo de partido, con tal que haya nacido en el parlamento. Este original sistema del pueblo como moderador de sí mismo se prolongó también a las otras ficciones convencionales hasta el éxito, en los pasados días, de las elecciones alemanas.
Escribía Kelsen: “La unidad del pueblo representa un postulado ético-político que la ideología política asume como real con la ayuda de una ficción tan universalmente aceptada que ni tan siquiera se ha pensado criticar”. Convendría, por tanto, retomar dicha crítica.
Stefano Fontana
Trad. José Ignacio Romero Lerma
(Foto: Di Georg Fayer – http://www.aeiou.at/aeiou.encyclop.k/k283648.htm )
