¿Qué diría la Doctrina social de la Iglesia acerca del discurso del vicepresidente americano James David Vance expuesto en Mónaco el pasado sábado 14 de febrero? Esta intervención está destinada a pasar a la posteridad ya por las cosas que se dijeron, ya por aquellas que tan solo se han sugerido, ya por aquellas que deberían de haberse dicho para completar la argumentación. Pasará a la posteridad no solo por el impacto en temas políticos, económicos y militares de actualidad, sino sobre todo por el tentativo de hacer una propuesta completa que vaya a las raíces de los fundamentos de la convivencia política. En el corazón del discurso está la constatación de que el enemigo no se encuentra en el exterior sino en el interior mismo de Europa y América, y que consiste en el abandono de los valores fundacionales propios. Una enfermedad del alma, una extenuación de las propias fuerzas morales y espirituales. Bien puede haber pensado el lector del discurso que esta crítica de Vance está dirigida simplemente a Europa. En cambio, incluye también a América, con la diferencia de que esta última ya se ha despertado mientras que Europa vive todavía bajo el sueño profundo de un truco ilusorio que la evade de la realidad. Ejemplo: Europa lleva a cabo una pedagogía forzada de masas para educar al hombre europeo, usando técnicas desarrolladas proveniente de los Estados Unidos, donde la educación de masas tiene una largo recorrido científico y práctico. No obstante, los americanos han comenzado a cambiar de rumbo. La nueva administración, por ejemplo, ha abolido la USAID que financiaba formas de educación cívicas ideológicas e impositivas, subversivas del sentido común. Vance habla no solo de una ideología europeísta, sino también de la ideología americanista. Denuncia sobre todo la primera, pero solo porque acerca de la segunda ya se había postulado extensamente durante la campaña electoral y ahora representa a un gobierno que la ha abandonado. Sus duras palabras dirigidas a Europa y su parresia que no ha dado consideración alguna a la buena etiqueta política propia del contexto diplomático en que se encuentra, surgen de la conciencia de representar una América que ha salido o está por salir de un sistema pesudo-totalitario en el que los europeos todavía se encuentran enredados.

Desde el punto de vista de la Doctrina social de la Iglesia, este “regreso al real” en defensa de la auténtica libertad, que no tiene su inicio en sí mismo sino que se nutre de la realidad y el “sentido común”, ha de ser valorado positivamente. El mismo Juan Pablo II, citado por Vance al final de su discurso, escribió en la Evangelium vitae que “el valor de la democracia se encuentra o se pierde con los valores que ella misma encarna y promueve”. Por desgracia, la Iglesia en Europa, tal como ha quedado demostrado en un reciente Informe dedicado a esto, no ha buscado liberar al pueblo de la ideología europeísta, sino que se ha sumado a todas las políticas que se han demostrado fraudulentas, ha renunciado a su rol de enseñar la verdad a la luz de la razón y de la fe. Se puede decir que el discurso de Vance incluye implícitamente una corrección a la actitud de la Iglesia católica, convertida en una “capellanía” del curso político imperante. Si juzgamos desde el punto de vista de la Doctrina social de la Iglesia y no tanto de su actual praxis, la conclusión es que el discurso en lo que a esto se refiere es más que positivo. 

Hay también otro aspecto de la intervención de Vance que alude a perspectivas muy interesantes. Cuando entra en el tema de la crisis de las democracias en Europa dice que la verdadera democracia es aquella que escucha al pueblo, que no fagocita las voces, las opiniones, las conciencias (las referencias a las restricciones en el campo del aborto en Inglaterra y en Suecia han sido muy elocuentes), que se basa en el principio de que el pueblo cuenta, que acepta el querer del pueblo aun cuando no concuerde con ella misma, que busca un verdadero mandato democrático para poder tomar las decisiones necesarias por difíciles que sean. Esto no ha sucedido y no sucede en Europa, como demuestran los distintos casos por él recordados. Según lo que ha dicho, parece que por pueblo entiende no ya un conjunto de individuos no relacionados acorde a la visión del individualismo liberal, sino un organismo que detenta para sí un “sentir común” con el que no nació pero que le precede. Esto se refiere a cuanto Vance sugiere, esto es, una dimensión que parece aludir a aquel “buen sentido” evocado por Trump en su discurso de investidura. La democracia – parece querer decir – no debe consistir, so pena de suicidio, en la lucha a golpes de mayoría por el sentido común que el pueblo conserva en sí. Se trata de citas y referencias que, si se desarrollaran, encontrarían el pleno consenso de la Doctrina social de la Iglesia.  

Finalmente terminaremos con cuanto Vance no ha dicho, porque se detuvo antes, pero que la Doctrina social afirma con firmeza. ¿Sobre qué se funda en última instancia la democracia? Afirmar que sobre el mandato popular incluso con las prometedoras alusiones a la naturaleza del pueblo de las que hemos hablado antes, es insuficiente. Reclamar a Europa que no domestique el mandato popular o incluso que no lo niegue, como en el caso por él citado de la anulación de elecciones en Rumania, no basta, porque de esta manera igualmente se podría fundar sobre una “soberanía” del pueblo potencialmente totalitaria. Aquí la Doctrina social de la Iglesia intervendría para solicitar a Vance que continue por la línea de ese “sentir común” al que había aludido, a fin de poder llegar a concebir ese ordine social y finalista que da a la democracia los valores a defender. Las mayorías no crean los valores, los respetan y los defienden.

 Stefano Fontana

[Traduzione dall’italiano di José Ignacio Romero Lerma]

(foto: J. D. Vance, Flickr di Gage Skidmore (CC BY-SA 2.0))

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