Señor Presidente,

Me permito dirigirle estas breves reflexiones con motivo de crítica situación social por la que estamos atravesando los argentinos. Soy uno de los que hace votos para que pueda llegar a buen puerto su gobierno y nos permita remontar así, de la mejor manera posible, este difícil momento.

Celebro su tenacidad en querer hacer desaparecer el flagelo de la corrupción política y económica instalada desde hace décadas en nuestra sociedad, celebro que quiera hacer que el Estado deje de ser el botín político de muchos, que quiera restablecer el orden en las calles y que tenga como eje central de su gobierno reivindicar el derecho a la vida, a la libertad y a la propiedad privada. Comparto plenamente con Usted, como la gran mayoría de los ciudadanos de bien, que Argentina necesita un cambio cultural profundo.

Hace pocos días Usted expresó, certeramente, que la actual crisis que padecemos no es sólo política y/o económica, sino principalmente moral. Y en este punto quiero detenerme, por cuanto los niveles de pobreza e indigencia que hoy padece Argentina no dejan de ser el reflejo de un pecado social muy grave. En efecto, la miseria moral y espiritual en la que venimos sumergidos desde hace décadas es lo que nos ha conducido a esta miseria social, inaudita por cierto. Argentina, con tantas riquezas materiales, con tantos recursos heredados, es hoy un país pobre, a la deriva, sin proyecto, acosado por la discordia social, la frustración, la desesperanza y la incertidumbre.

Sin duda, si hablamos de responsabilidad y del desafío moral que supone revertir la crisis actual, Usted como máxima autoridad política es el primer responsable y el que debe prudencialmente hacer viable superar esta difícil situación. Lo que representa, en todo momento, una decisión ética y política importante, por cuanto al no abundar recursos debe privilegiar algunos objetivos y postergar otros. El esfuerzo, sin duda,  debe ser compartido entre gobernantes y gobernados, pero Usted maneja el timón y decide cuales son las metas y los objetivos, por eso su responsabilidad es mayor y su decisión lleva implícita una grave carga moral.

Concretamente, está claro que era necesario actualizar tarifas y precios y que no podíamos seguir con la cultura de lo barato y/o gratis subsidiando lo que no corresponde, pero, en todo caso, no hay que dejar de considerar el impacto real de este sinceramiento de la economía en el bolsillo de la clase media, hace un par de décadas en extinción, y de los que menos tienen.

Por otro lado, en materia de política económica no se puede privilegiar la estabilidad y el equilibrio fiscal a costa del empleo y de la equidad social, pues estos dos objetivos, el pleno empleo y la equidad social, son exigencias del Bien Común y por tanto prioritarios frente a otros objetivos como el crecimiento económico, la estabilidad de la moneda, el equilibrio fiscal o el equilibrio del sector externo.

En cuanto al manejo del Presupuesto, herramienta básica de la política fiscal, un gran maestro de la economía y de las finanzas públicas, el Dr. Cayetano Licciardo, a quien tuve el honor de conocer, desde su cátedra, magistralmente hablaba y enseñaba acerca de la dimensión ética del Presupuesto. En efecto, es el soberano quien decide, a través de esta herramienta,  a quien le saca, porqué le saca y cuánto le saca y, a la vez, decide a quien le da, porqué le da y cuanto le da de los recursos públicos disponibles. Tamaña responsabilidad, sin duda, conlleva una carga moral importante. 

Por tales razones, enseñaba el Dr. Cayetano Licciardo, el Presupuesto no es un simple cálculo matemático, es el acto político por excelencia, por cuanto debe definirse en orden a satisfacer de la mejor manera posible la auténtica demanda social. Por tales razones, decía, lejos de todo dogmatismo y de toda postura economicista, no se trata de “déficit cero” si no de ver cuánto de esa demanda social fue satisfecha. En todo caso, ante un inevitable déficit fiscal, habrá que definir prudencialmente la forma de financiarlo de la manera más conveniente y al más bajo costo posible.

Señor Presidente, según afirmó hace pocos días la Universidad Católica Argentina, para el próximo mes de marzo, 6 de cada 10 argentinos estará en nivel de pobreza, presagiando un posible estallido social. En virtud de lo cual, con todo respeto permítame decirle que la cosa pública no se puede manejar teniendo sólo como herramientas la teoría económica y una planilla de Excel, su acertado manejo requiere sensibilidad social y prudencia política.

Todavía está a tiempo y, lejos de todo asistencialismo, puede y debe amortiguar los costos sociales del ajuste iniciado por su gestión. El desafío es muy grande y la responsabilidad moral mucho mayor, por eso le pido que no deje de advertir que si se profundiza esta situación empeorando el poder adquisitivo de los argentinos, la paciencia y la tolerancia social pueden agotarse en algún momento, lo que será, sin duda, caldo de cultivo para esa “casta política” que hizo de la cosa pública su propio negocio, anestesiando al pueblo argentino a través de un populismo demagógico, asistencialista y decadente. Pasado muy cercano, que la mayoría de los argentinos de bien no queremos vuelva a repetirse.

Señor Presidente, todavía está a tiempo. Confiamos en Usted.

Daniel Passaniti

Febrero 2024

(Foto: Pixabay)

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