Hoy en día se siente hablar a veces del Nuevo Orden Mundial, del Great Reset, de la Agenda 2030, de Davos, etc.  Los que intentan reflexionar sobre estos temas son retratados, según la información dominante, como conspiranoicos, populistas, extremistas que quizás podrían engrosar las filas del vituperado frente del No vax. El propósito de este artículo es tratar de aclarar, a partir de un análisis objetivo del texto, la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, resolución adoptada por la Asamblea General de la ONU el 25 de septiembre de 2015. Intentamos con ello iniciar una serie de reflexiones y argumentos que, más allá del actual clima de oposición exasperada, quisiera arrojar algo de luz sobre las mentes nubladas por este nuevo clima “ideológicamente correcto” que está aquejando al sistema político, financiero y mediático.

Qué es la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible

Para poder hablar adecuadamente de cualquier tema, sobre todo en esta época en la que abundan una confusión y una superficialidad vergonzosas, es necesario leer los textos, atenerse a las fuentes oficiales y evitar cualquier tipo de atajo. Las 35 páginas en formato A4 que contienen las indicaciones de la Agenda 2030 explicitan la voluntad de transformar el mundo a través de 17 Objetivos, condensados en una pequeña página, y ya desde el Preámbulo transmiten un contenido y un lenguaje sobre el que hay que reflexionar. En primer lugar, el adjetivo “sostenible” aparece más de 200 veces, al igual que en el texto se hace un uso masivo de adjetivos como “inclusivo”, “resiliente” o expresiones como “igualdad de género”, “derecho a la salud reproductiva” que a menudo transmiten ideologías de género o tienden a legitimar las prácticas abortivas. Los contenidos están envueltos en un lenguaje líquido, en el que los términos se sitúan de forma ambigua e imprecisa, pero que revelan lo que el padre Cornelio Fabro llamaba el “principio de inmanencia”.

Todo se concibe y se sitúa en un plano horizontal, sin ninguna dimensión espiritual ni tensión ética, donde no sólo no se evoca nunca la presencia de Dios y su Gracia, sino que todo puede ser resuelto a partir del hombre. En el punto 53 de la Agenda 2030 se lee: “El futuro de la humanidad y de nuestro planeta está en nuestras manos”, al igual que en el punto 59 se niega la referencia a cualquier vocación trascendente y se expresa claramente: “…Reafirmamos que el planeta Tierra y sus ecosistemas son nuestro hogar y que la expresión ‘Madre Tierra’ es común a muchos países y regiones”. En este contexto horizontal se postulan las tres dimensiones del desarrollo sostenible: la económica, la social y la medioambiental; se afirman las determinaciones, las resoluciones que marca la Agenda, con ese lenguaje líquido que se mencionaba y se cita aquí: “Estamos decididos a poner fin a la pobreza y al hambre, en todas sus formas y dimensiones…” o: “Estamos decididos a promover sociedades pacíficas, justas e inclusivas, libres del miedo y de la violencia”.

Declaración de propósitos y visión de la Agenda 2030

En la Introducción de la Declaración de Intenciones se celebra con autocomplacencia la autoridad con la que se fijan los objetivos de la Agenda 2030 (las mayúsculas se reproducen fielmente en el texto): “Nosotros, los Jefes de Estado y de Gobierno y los Altos Representantes, reunidos en la Sede de las Naciones Unidas en Nueva York del 25 al 27 de septiembre de 2015 para la celebración del 70º aniversario de la ONU, fijamos hoy los nuevos Objetivos globales para el Desarrollo Sostenible”. A esto le sigue la visión, la imaginación, que me recordó lo que dijo Klaus Schwab, presidente ejecutivo del FEM (Foro Económico Mundial) de Davos, en junio de 2020, cuando promovió un “reinicio” general (Great Reset) en medio de la emergencia del Covid: “La pandemia como una oportunidad para re-imaginar y re-ajustar el mundo“. Estaba claro cómo la visión de Davos y del FEM se basaba en la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible: “Un mundo justo, equitativo y tolerante, abierto y socialmente inclusivo que también satisfaga las necesidades de los más vulnerables… un mundo en el que el consumo, los procesos de producción y el uso de los recursos naturales sean sostenibles”. El mundo imaginado y de lo deseado reflejaba una dimensión antropológica amputada del ascetismo espiritual, reducida a la corporeidad terrenal, en abierta antítesis con la visión clásica y cristiana del hombre como unidad sustancial de alma y cuerpo. Para apoyar esta Visión y estas Declaraciones de intenciones, era necesario referirse a algo previo y universalmente reconocido, la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948: “La nueva Agenda se fundamenta en la Declaración Universal de los Derechos Humanos”.

Comparación de la Agenda 2030 y la Declaración de Derechos Humanos de la ONU de 1948

Ateniéndonos estrictamente a los textos que pretendo comparar, dado que la Agenda 2030 ha declarado explícitamente que tiene sus raíces en la anterior Carta de 1948, cabe subrayar la extensión del texto de la Agenda (35 páginas en formato A4) en comparación con la anterior (9 páginas en formato A4). En los 30 artículos aprobados y proclamados por la Asamblea General de las Naciones Unidas el 10 de diciembre de 1948 aparece una visión del mundo diferente a la establecida en la Agenda 2030. Por ejemplo, en algunos de los artículos, la familia, la propiedad privada, la soberanía popular y la educación de los niños están directa y claramente salvaguardados y enfatizados, mientras que en la Agenda 2030 no sólo no están protegidos, sino que ni siquiera se mencionan. El artículo 16.3 de la Cartade la ONU de 1948 dice textualmente: “La familia es el núcleo natural y fundamental de la sociedad y tiene derecho a ser protegida por la sociedad y por el Estado“.

He leído y releído detenidamente línea por línea las 35 páginas de la Agenda 2030 y no he encontrado en ningún momento una mención de la “familia”, ni obviamente protecciones o políticas “sostenibles” al respecto. El apartado 2 del artículo 17 de 1948 dice textualmente: “Nadie podrá ser privado arbitrariamente de su propiedad”. No hay nada en la Agenda 2030 que defina no sólo la legitimidad natural de la propiedad privada, sino que también haga hincapié en los medios para defenderla. El punto 3 del artículo 21 de 1948 remarca que: “La voluntad del pueblo es el fundamento de la autoridad del gobierno”. Sin destacar aquí hasta qué punto el concepto de “soberanía popular” remite a una autoridad sobrenatural, en la Agenda 2030 no aparece nunca una explicitación del consenso popular, aludiendo más bien a un poder y una autoridad de arriba a abajo. Además, el punto 3 del artículo 26 de 1948 dice claramente: “Los padres tendrán derecho de prioridad en la elección del tipo de educación que debe darse a sus hijos”. Nada de esto, ni siquiera en forma indirecta, aparece en el texto de la Agenda 2030, en el que los “principios no negociables” (defensa de la vida desde la concepción hasta la muerte natural, la familia como célula fundamental de la sociedad y unión entre un hombre y una mujer, la educación de los hijos como rol principal de los padres) son hábilmente eludidos y obviamente no se tienen en cuenta.

Los 17 Objetivos para el Desarrollo Sostenible

En una pequeña página de la Agenda 2030 se condensan y enuncian los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible en forma tan genérica y con un lenguaje lleno de repeticiones, adjetivos, verbos y consideraciones reiteradas que expresan la vaguedad y la utopía de la visiónpreviamente anunciada. Hacen sonreír, o tal vez mejor, temer alguna burda ingenuidad que, en mi opinión, muestra la violencia inaudita de un poder que intenta legitimarse tras una fachada bondadosa y que, en cambio, lleva hasta las últimas consecuencias un diseño demasiado superficial y plano, centrado (aparentemente) sólo en las posibilidades humanas. He aquí un breve resumen de estas declaraciones “cándidas”: “Poner fin a todas las formas de pobreza en el mundo”; “Proporcionar una educación de calidad, equitativa e inclusiva…”; “Lograr la igualdad de género y emancipar a todas las mujeres y niñas”; “Incentivar un crecimiento económico sostenido, inclusivo y sostenible”; “Hacer que las ciudades y los asentamientos humanos sean inclusivos, seguros, duraderos y sostenibles”; “Garantizar modelos sostenibles de producción y consumo”; “Promover sociedades pacíficas e inclusivas para un desarrollo sostenible“; “Promover acciones a todos los niveles para combatir el cambio climático”.

Conclusiones

Estimo, a la luz de los textos considerados, que la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible no sólo es la realización suprema del principio de inmanencia, es decir, de un espíritu que niega la trascendencia, la ley natural, el ascenso espiritual y la tensión ética del hombre, sino que transmite un lenguaje igualmente plano y banal, repetitivo y autorreferencial. La Agenda 2030 no sólo miente al referirse a la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, sino que manifiesta e impone arbitrariamente la voluntad de un Nuevo Orden Mundial, un pensamiento único y universalmente aceptado, imponiendo su recepción servil a los gobiernos nacionales y a otros organismos internacionales.

Además de Davos y el FEM, también algunos ejemplos nacionales podrían vincularse a las urgencias y el lenguaje propuestos por la Agenda 2030, como los nuevos ministerios para la innovación tecnológica y la digitalización (del no electo Vittorio Colao, anteriormente nombrado jefe del grupo de trabajo contra la epidemia por el gobierno de Conte) y para la transición ecológica (del no electo Roberto Cingolani). Podríamos seguir citando a la ASVIS (Alianza Italiana para el Desarrollo Sostenible), a la que adhirieron más de 300 organizaciones miembros, desde ACLI hasta COOP, desde los sindicatos CGIL y CISL hasta Confindustria, desde ARCI hasta ISS, etc., y seguir con el martilleante PNRR (Plan Nacional de Recuperación y Resiliencia).

También la Iglesia católica ha hecho suyas las indicaciones y ha tomado prestado el lenguaje “inclusivo y sostenible” de la Agenda 2030, basta pensar en las formas expresadas en distintos sínodos diocesanos. El discurso se haría muy largo e involucraría al aparato mediático, a las finanzas y a la filantropía grosera de los ricos como Jeff Bezos o Bill Gates. De todo esto y de todos estos personajes se prescindiría con gusto: ¡La Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible es insostenible!

Fabio Trevisan

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