Ha habido y todavía hay historias de muchos sacerdotes que han decidido tomar parte directa en los problemas sociales, militando en posiciones de frontera en modo operativo, involucrándose dentro de los eventos de la vida social. En un tiempo fue el caso de los “curas obreros”, luego el de los “curas de calle” y más recientemente el de los “curas de las periferias”. Los susodichos suelen rechazar este tipo de fórmulas, reteniéndolas reductivas y fuera de lugar, uso estos términos no porque los comparta sino por hacer comprender al lector de quién y de qué cosa estamos tratando. Entre ellos hay quién se compromete directamente con la legalidad y en contra de las mafias, quién está disponible en la ayuda a los sintecho, quién ha optado por dedicar la propia vida a dar apoyo a adictos a las drogas. Se han hecho famosos algunos nombres – Grillo, Ciotti, Mazzi, Albanesi – pues han logrado llegar a la vanguardia de la crónica, otros son todavía desconocidos. Recientemente asistimos a un nuevo suceso: muchos obispos apenas nombrados, algunos de los cuales pasaron a ser cardenales, provienen justo de este mundo y es que parece como que la línea de Francisco sea proclive a valorar estas experiencias de primera línea ligadas a distintas modalidades del movimiento popular. Entre ellos hay sacerdotes que entienden correctamente este empeño como fruto de la fe católica, entendida ésta en su sentido pleno. Muchos otros, en cambio, hablan de una Iglesia sin dogmas y sostienen que el cristianismo no sea más que una praxis de acercamiento y de transformación de la sociedad. Antes de Francisco este tipo de sacerdotes se oponían al obispo diocesano y criticaban a la Iglesia no solo por la actitud de su cúspide sino también por la doctrina enseñada. En Trieste, por ejemplo, un grupo de unos diez sacerdotes llamados por los periódicos “curas de calle” estuvieron publicando durante años una “Carta de Navidad” fuertemente crítica con la Iglesia y su posición con la sociedad de su época. Durante el pontificado de Francisco, en cambio, no parece que haya contradicción alguna entre estos sacerdotes y sus obispos, la cosa se ha normalizado porque la misma cúspide eclesial ha hecho como suya esta visión del papel sacerdotal.

El papel “social” del sacerdote

El compromiso social de los católicos debería ser guiado bajo la luz de la Doctrina social de la Iglesia. Toda la Iglesia, en sus varios componentes, tiene por misión la evangelización de la sociedad, tal como enseña el párrafo 79 del Compendio de la Doctrina social de la Iglesia. Lo que significa que también el sacerdote tiene su propia misión, aunque distinta de aquella del laico. Las experiencias arriba citadas, al contrario, no hacen distinción de carismas y querrían movilizar la Iglesia entera en una única praxis de liberación. Después del Vaticano II se ha difundido la idea de que no existe en la Iglesia una jerarquía de status y de competencias y que el Bautismo elimina las diferencias de todos. Ser laico, sacerdote o religioso sería en el fondo lo mismo y tendría la misma dignidad. De aquí el error muy recurrente de que los laicos se encarguen solo del altar y la parroquia (y no de la sociedad y de la política) y los sacerdotes se encarguen de la sociedad y la política (y no del altar y la parroquia). Como queda claro, el variopinto fenómeno de los viejos y nuevos “curas de calle” presupone una visión no muy correcta de la Iglesia, de su estructura y de su misión. Veamos ahora lo que dice la Doctrina social de la Iglesia a propósito del papel que el sacerdote debe asumir en este campo.

El párrafo 39 del Compendio resume muy bien los deberes del presbítero en el campo de la Doctrina social. Después de haber recordado que el presbítero colabora en la realización de la acción pastoral del Obispo, primer responsable de la evangelización de la sociedad en su diócesis, este párrafo dice: “Con la programación de oportunos itinerarios formativos, el presbítero debe hacer conocer la doctrina social y promover en los miembros de su comunidad la conciencia del derecho y del deber de ser sujetos activos de tal doctrina. Por medio de la celebración de los sacramentos, en particular la Eucaristía y la Reconciliación, el sacerdote ayuda a vivir el deber social como fruto del Misterio salvífico. Él debe animar la acción pastoral en ámbito social, cuidando con particular solicitud la formación y el acompañamiento espiritual de los fieles empeñados en la vida social y política. El presbítero que desarrolla el servicio pastoral en las distintas agregaciones eclesiales, especialmente en aquellas del apostolado social, tiene el deber de favorecer su crecimiento con la necesaria enseñanza de la doctrina social”.

Como se ve, de este mismo texto no se deduce indicación alguna acerca del empeño activo y directo del sacerdote. Él tiene antes que nada el deber formativo para con los fieles de enseñar los principios de la Doctrina social, sobre todo si tiene la tarea de guiar alguna realidad laical empeñada en el espacio público. Tarea que no es solo informativa, sino formativa, es decir, la enseñanza de la Doctrina social debe ser impartida al interno de la tradición de la Iglesia y de la doctrina de la fe. Su tarea quedará completa con el seguimiento de los fieles laicos en su obrar, asistiéndoles espiritualmente y en su campo. Él se ocupa de las cuestiones concretas no abordandolas directamente, sino como director espiritual. Estas funciones no son todavía las principales, porque aquella que es fundamental es la celebración de los sacramentos, en particular el de la Santa Misa y la confesión. La confesión ya estaba implícitamente en las indicaciones de acompañar espiritualmente a los fieles laicos. Emerge entonces la celebración de la Eucaristía con una particular relevancia para subrayar toda la importancia de la conexión entre el empeño social de evangelización de la Iglesia y la liturgia: lex orandi lex credendi y, podemos decir, lex operandi.

El Directorio de pastoral social Evangelizzare il sociale de los obispos italianos, que está presente en el Compendio (1991), añade a cuanto hemos visto hasta ahora, otros dos puntos: “ayudar a los padres y educadores a cumplir su vocación educativa en la formación social y la política”; “En la homilías, en las catequesis, en las instrucciones, en los retiros espirituales, no dejen de recordar los deberes sociales del cristiano, la inspiración y las energías que le vienen por la adhesión a Cristo, a su Evangelio y a los sacramentos”.

Sin pretender generalizar, pero, con bastante evidencia parece que hoy los sacerdotes no tienen muy en cuenta su propio deber, mientras que con gran prisa parecen correr a la primera línea para “participar” directamente en la edificación… ¿de qué sociedad? Sin los presupuestos vistos hasta ahora, los curas de frontera se precipitan al fracaso.

Una valoración teológica

La experiencia de sacerdotes que concentran todo su ser sacerdotal en una praxis social no es casualidad, no está inmotivada. Una nueva teología los anima y justifica.

Ya León XIII en la encíclica Testem benevolentiae (1899) lamentaba que se les diese más prioridad a las virtudes prácticas que a las contemplativas, que deberían ser las privilegiadas. Señaló que, de esta manera, quedaba invertida la relación entre lo natural y lo sobrenatural, y se terminaba por sostener que el primero era más eficaz del segundo. En cambio, la recta doctrina nos dice que el sacerdote que pasa su vida en el confesionario realiza con gran eficacia una verdadera transformación de la misma vida social. La celebración en el altar es el primer servicio que el Sacerdote hace a la sociedad mundana, porque en el sacrificio de la cruz y de la resurrección se realiza la nueva creación que concierne a la entera realidad caída. Si un sacerdote solo hiciese esto, ya estaría haciendo muchísimo por la renovación de la sociedad. La vida de la gracia no toca a la naturaleza indirectamente sino directamente. La invade y transforma purificándola y elevándola. La actual pasión por la praxis, a la que la pastoral viene asimilada, da la vuelta a esta relación y convierte a muchos sacerdotes en militantes sociales, con el peligro de terminar víctimas de la ideología y de vivir otorgando un valor evangélico absoluto a ciertas posiciones limitadas y parciales.

Los desarrollos de la teología contemporánea han dado fuertes impulsos a la tendencia que León XIII advertía como preocupante. Tiempo hace que la teología cambió la propia visión acerca de la relación entre la Iglesia y el mundo, sosteniendo que Ella no está en el mundo, sino que es del mundo. Dios se autocomunica en la historia de la humanidad y la Iglesia no goza de privilegio alguno ni puede enorgullecerse de supremacía para con el mundo. La gracia está ya presente en la naturaleza, el Espíritu obra en la historia incluso fuera de los confines eclesiásticos, en las situaciones históricas concretas. Esto pide a la Iglesia de “salir”, es decir, de hacerse mundo y de sintonizar con cuanto Dios nos está diciendo a través de los eventos de la historia. En consecuencia, el primer modo de ser contemplativos es el de ser activos, el único modo de hablar de Dios es hablar del hombre, la única manera de ser Iglesia es elegir una praxis de laicidad, la forma principal de celebrar el Santo Sacrificio es la de hacerlo en el altar del mundo, que llegados a este punto tiene un valor sacramental. Los conocidos por “signos de los tiempos” vienen entendidos como invitaciones contenidas en la historia de la humanidad a releer el Evangelio, el sacerdocio y la Iglesia, y no al contrario. La lógica interna de estas experiencias sociales y políticas dirigida por los sacerdotes no es el salir y testimonia la revelación, sino el salir para encontrar la revelación en los cruces de caminos de la vida.

Stefano Fontana

[La Bussola Mensile, gennaio 2025, pp. 25-27].  

[Traduzione dall’italiano di José Ignacio Romero Lerma]

(Foto: Wikipedia e Pixabay)

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